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[西语阅读]Manrique y el rayo de la luna
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Yo no sé si esto es una historia que parece cuento o un cuento que parece historia; lo que puedo decir es que en su fondo hay una verdad, una verdad muy triste.

Era noble; había nacido entre el estruendo de las armas, y el insólito clamor de una trompa de guerrano le hubiera hecho levantar la cabeza un instante, ni apartar sus ojos del oscuro pergamino en que leía la última cantiga de un trovador.

Los que quisieran encontrarle no lo debían buscar en el anchuroso patio de su castillo, donde los palafreneros domaban los potros, los pajes enseñaban a los halcones y los soldados se entretenían los días de reposo en afilar el hierro de su lanza contra una piedra.

-¿Dónde está Manrique?¿Dónde está vuestro señor? - Preguntaba a veces su madre.

-No sabemos - respondían sus servidores.- En cualquier parte, menos donde esté todo el mundo.

En efecto, Manrique amaba la soledad, y la amaba de tal modo que algunas veces hubiera deseado no tener sombra porque su sombra no le siguiese a todas partes. Amaba la soledad porque en su seno, dando rienda suelta a la imaginación, forjaba un mundo fantástico, habitado por extrañas creaciones, hijas de sus delirio hasta el punto de quedarse una noche entera mirando a la luna, que flotaba en el cielo entre un vapor de plata, o a las estrellas, que temblaban a lo lejos como los cambiantes de las piedras preciosas.

Era una noche de verano templada, llena de perfumes y de rumores apacibles, y con una luna blanca y serena en mitad de un cielo azul, luminoso. La medianoche tocaba a su punto. La luna estaba en lo más alto del cielo cuando, al entrar en una oscura alameda, Manrique exhaló un grito leve, ahogado, mezcla extraña de sorpresa, de temor y de júbilo. En el fondo de la sombría alameda había visto agitarse una cosa blanca que flotó un momento y desapareció en la oscuridad. La orla del traje de una mujer, de una mujer que había cruzado el sendero y se ocultaba entre el follaje en el mismo instante en que el loco soñador penetraba en los jardines.

-¡Una mujer desconocida!... ¡En ese sitio!...¡A estas horas! Ésa, ésa es la mujer que yo busco - Exclamó Manrique; y se lanzó en su seguimiento, rápido como una saeta.

Llegó al punto en que había visto perderse a la mujer misteriosa. Había desaparecido. ¿Por dónde? Allá lejos creyó divisar por entre los cruzados troncos de los árboles como una claridad o una forma que se movía.

-¡Es ella, es ella, que lleva alas en los pies y huye como una sombra! - dijo; y se precipitó en su busca, separando con las manos las redes de yedra que se extendían como un tapiz de unos en otros álamos. Llegó, rompiendo por entre la maleza y las plantas parásitas, hasta una especie de rellano que iluminaba la claridad del cielo...¡Nadie!

-¡Ah!... por aquí, por aquí va- exclamó-. Oigo sus pisadas sobre las hojas secas, y el crujido de su traje que arrastra por el suelo y roza los arbustos- y corría como un loco, de aquí para allá, y no la veía.

-Pero siguen sonando sus pisadas- murmuró otra vez-; creo que ha hablado; no hay duda, ha hablado... El viento, que suspira entre las ramas; las hojas, que parece que rezan en voz baja, me han impedido oír lo que ha dicho; pero no hay duda, ha hablado..., ha hablado... ¿En qué idioma? No sé; pero es una lengua extranjera.

Vagó algunas horas de un lado a otro, fuera de sí, ya parándose para escuchar, ya deslizándose con las mayores preocupaciones sobre la hierba, ya en una carrera frenética y desesperada.

Dos meses habían transcurrido, dos meses durante los cuales había buscado en vano a aquella mujer desconocida, suyo absurdo amor iba creciendo en su alma, merced a sus aún más absurdas imaginaciones.

La noche estaba serena y hermosa, la luna brillaba en toda su plenitud en lo más alto del cielo, y el viento suspiraba con un rumor dulcísimo entre las hojas de los árboles.

Manrique encaminó sus pasos hacia la oscura alameda que conduce al Duero, y aún no había penetrado en ella cuando de sus labios se escapó un grito de júbilo. Había visto flotar un instante el extremo del traje blanco de la mujer de sus sueños, de la mujer que ya amaba como un loco.

Corre en su busca; llega al sitio en que la ha visto desaparecer; pero al llegar se detiene, fija los espantados ojos en el suelo, permanece un rato inmóvil; un ligero temblor nervioso agita sus miembros, un temblor que va creciendo y ofrece los síntomas de una perfecta convulsión, y prorrumpe al fin en una carcajada, una carcajada estridente, horrible. Era un rayo de luna, un rayo de luna que penetraba a intervalos por entre la verde bóveda de los árboles cuando el viento movía las ramas.

Habían pasado algunos años. Manrique, sentado en su sitial junto a la alta chimenea gótica de su castillo, apenas prestaba atención ni a las caricias de madre ni a los consuelos de sus servidores.

-No quiero nada- exclamó el joven- es decir, sí quiero: quiero que me dejéis solo... Mujeres, glorias, felicidad, mentiras todo, fantasmas vanos que formamos en nuestra imaginación y vestimos a nuestro antojo, y los amamos y corremos tras ellos. ¿Para qué?... Para encontrar un rayo de luna.

Manrique estaba loco; por lo menos, todo el mundo lo creía. A mí, por el contrario, se me figura que lo que había hecho era recuperar el juicio.

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作者:katya 来源:文国网 更新时间:2008年02月13日 02:38
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