-Eso es cosa mía! -replicó la mujer.
-¿Desde niña has ido siempre tan arrastrada?
- Eso puedes leerlo en mis puños -dijo ella mostrándole dos manos pequeñas, pero recias y endurecidas, con las uñas raídas-. Eres instruido y puedes leerlo.
Al acercarse Navidad empezó a nevar intensamente; el frío era vivo, y el viento, cortante, como si quisiera lavar la cara de la gente con aguafuerte. Madre Sören no se arredró por eso; se arrebujó la capa y se caló la capucha. Ya a primeras horas de la tarde estaba oscuro en la casa; la mujer echó leña y turba al hogar y se sentó a zurcir las medias: no tenía a nadie que lo hiciera. Al atardecer dirigió al estudiante unas palabras, contra su costumbre; le habló de su marido.
-Sin querer, mató a un marino de Dragör. Por eso tiene que pasarse tres años encadenado a la barra, condenado a trabajos forzados. Como es un simple marinero, la Ley debe seguir su curso.
-La Ley alcanza también a las personas de alta clase -dijo Holberg.
-Eso crees tú -replicó madre Sören, fijando la mirada en el fuego. Luego prosiguió-: ¿Has oído hablar de Kai Lykke, que mandó derribar una de sus iglesias? Cuando el párroco Mads protestó desde el púlpito, él lo hizo encadenar, lo sometió a juicio, lo condenó él mismo a muerte y lo mandó decapitar. No era una falta por imprudencia, y, sin embargo, Kai Lykke salió libre de costas.
-En aquella época estaba en su derecho -dijo Holberg- Pero aquellos tiempos han pasado.