Y las jóvenes le dijeron: “¡Oh mandadero! ¿no sabes tú que somos vírgenes? Por eso tenemos miedo de fiarnos de algo. Porque hemos leído lo que dicen los poetas: “Desconfía de toda confidencia, pues un secreto revelado es secreto perdido.”
Pero el mandadero exclamó: “¡Juro por vuestra vida, ¡oh señoras mías! que yo soy un hombre prudente, seguro y leal! He leído libros y he estudiado crónicas. Sólo cuento casas agradables, callándome cuidadosamente las cosas tristes. Obro en toda ocasión según dice el poeta:
¡Sólo el hombre juicioso sabe callar el secreto! ¡Sólo los mejores entre los hombres saben cumplir sus promesas!
¡Yo encierro los secretos en una casa de sólidos candados, donde la llave se ha perdido y la puerta está sellada!”
Y escuchando los versos del mandadero, muchas otras estrofas que recitó y sus improvisaciones rimadas, las tres jóvenes se tranquilizaron; pero para no ceder en seguida, le dijeron: “Sabe, ¡oh mandadero! que, en este palacio hemos gastado el dinero en enormes cantidades. ¿Llevas tú encima con que indemnizarnos? Sólo te podremos invitar con la condición de que gastes mucho oro. ¿Ácaso no es tu deseo permanecer con nosotras, acompañarnos a beber, y singularmente hacernos velar toda la noche, hasta que la aurora bañe nuestros rostros?” Y _la mayor de las doncellas añadió: “Amor sin dinero no puede servir de buen contrapeso en el platillo de la balanza.” Y la que había abierto la puerta, dijo: “Si no tienes nada, vete sin nada.” Pero en aquel momento intervino la proveedora, y dijo: “¡Oh hermanas mías! Dejemos eso, ¡por Alah! pues este muchacho en nada ha de amenguarnos el día. Además, cualquier otro hombre no habría tenido con nosotras tanto comedimiento. Y cuando le toque pagar a él, yo lo abonaré en su lugar.”
Entonces el mandadero se regocijó en extremo, y dijo a la que le había defendido: “¡Por Alah! A ti te debo la primer ganancia del día.” Y dijeron las tres: “Quédate, ¡oh buen mandadero! y te tendremos sobre nuestra cabeza y nuestros ojos,” Y en seguida la proveedora se levantó y se ajustó el cinturón. Luego dispuso los frascos, clarificó el vino por decantación, preparó el lugar en que habían de reunirse cerca del estanque, y llevó allí cuanto podían necesitar. Después ofreció el vino y todo el mundo se sentó, y el mandadero en medio de ellas, en el vértigo, pues se figuraba estar soñando.
Y he aquí que la proveedora ofreció la vasija del vino y llenaron la copa y la bebieron, y así por segunda y por tercera vez. Después la proveedora la llenó de nuevo y la presentó a sus hermanas, y luego al mandadero. Y el mandadero, extasiado, improvisó esta composición rimada:
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