Entonces el sultán miró con más detenimiento a Nureddin; y quedó encantado de este examen, aceptó el consejo de su anciano visir y nombró para el cargo a Nureddin en lugar de su suegro, y le regaló un magnífico traje de honor, el mejor de todos los que pudo encontrar, y una mula de sus propias caballerizas, y le señaló sus guardias y sus chambelanes.
Nureddin besó entonces la mano del sultán, y salió con su suegro, y ambos regresaron a su casa en el colmo de la alegría y besaron al recién nacido Hassán Badreddin y dijeron: “El nacimiento de esta criatura nos trajo buena suerte.”
Al día siguiente, Nureddin fue a palacio a desempeñar sus nuevas funciones, y al llegar besó as tierra entre las manos del sultán, y recitó estas dos estrofas:
¡Para ti son nuevas las felicidades todos los días, y las prosperidades también! ¡Y el envidioso se consume de despecho!
¡Ojalá sean blancos para ti todos los días, y negros los días de todos los envidiosos!
Entonces el sultán le permitió que se sentara en el diván del visirato, y Nureddin se sentó en el diván del visirato. Y empezó a desempeñar su cargo, despachando los asuntos pendientes y administrando justicia como si llevara muchos años de visir, y lo hizo tan a conciencia ante el sultán, que que se maravilló de su inteligencia, de su comprensión para aquéllos asuntos y de su admirable manera de administrar justicia, y le distinguió más aún, entrando en gran intimidad con él.
Y Nureddin siguió desempeñando a maravilla sus elevadas funciones; pero no por eso olvidó la educación de su hijo Hassán Badreddin, a pesar de todos los asuntos del reino. Porque Nureddin era cada día más poderoso y más favorecido del sultán, que aumentó el número de sus chambelanes, servidores, guardias y correos. Y llegó a ser tan rico, que pudo dedicarse al comercio en gran escala, fletando naves mercantes que recorrían todo el mundo, construyendo molinos y ruedas elevadoras de agua y plantando magníficos huertos y jardines. Y todo esto antes de que su hijo cumpliera los cuatro años.
Falleció entonces el anciano visir, suegro de Nureddin; y éste le hizo un entierro solemne, al cual asistiecon él y todos los grandes del reino.
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