Y Hassán Badreddin se afectó muchísimo al oír al eunuco. Y luego, volviéndose hacia él, con los ojos llenos de lágrimas, le dijo: “¡Oh eunuco! ¿Por, qué no quieres apiadarte y darme el gusto de entrar en mi tienda? ¡Porque tú, como la castaña, eres negro por fuera, pero por dentro blanco! Y te han elogiado todos nuestros poetas en versos admirables, hasta el punto de que puedo revelarte el secreto de que apareceras tan blanco por fuera como por dentro lo eres.” Entonces el buen eunuco se echó a reír a carcajadas, y exclamó: “¿Es de veras? ¿Puedes hacerlo así? ¡Por Alah, apresúrate a decírmelo!” En seguida Hassán le recitó estos versos admirables en loor de los eunucos:
¡Su cortesía exquisita, la dulzura de sus modales y su noble apostura han hecho de él el guardián respetado de las casas de los reyes!
¡Y para el harén, qué servidor tan incomparable! ¡Tal es su gentileza, que los ángeles del cielo bajan a su vez para servirle!
Estas versos eran, efectivamente, tan maravillosos y tan oportunos, y fueron tan admirablemente recitados por Hassán, que el eunuco se conmovió y se sentió halagadisimo, hasta el punto de que, cogiendo de la mano a Agib, entró con él en la tienda.
Entonces Hassán Badreddin llegó al colmo de la alegría y se apresuró a hacer cuanto pudo para honrarlos. Cogió un tazón de porcelana de los más ricos, lo llenó de granos de granada preparados con azúcar y almendras mondadas, perfumado todo deliciosamente y muy en su punto, y lo presentó sobre la más suntuosa de sus bandejas de cobre repujado. Y al verlos comer con manifiesta satisfacción, se sintió muy halagado y muy complacido: “¡Oh, qué honor para mí! ¡Qué fortuna la mía! ¡Que os sea tan agradable como provechoso!
Agib, después de probar los primeros bocados, invitó a sentarse al pastelero, y le dijo: “Puedes quedarte con nosotros y comer con nosotros. Porque Alah lo tendrá en cuenta, haciendo que encontremos al que buscamos.” Y Hassán Badreddín se apresuró a replicar: “Pero ¡cómo, hijo mío! ¿Acaso lamentas ya, siendo tan joven, la pérdida de un ser querido?” Y Agib contestó: “¡Oh buen hombre! ¡La ausencia de un ser querido ha destrozado ya mi corazón! ¡Y ese ser por quien lloro es nada menos que mi padre! Porque mí abuelo y yo hemos abandonado nuestro país para recorrer todas las comarcas en su busca.” Y Agib, al recordar su desgracia, rompió a llorar, mientras que Badreddin, emocionado por aquel dolor lloraba tambien. Y hasta el eunuco inclinó la cabeza en señal de sentimiento. Sin embargo, hicieron los honores al magnífico tazón de granada perfumada, dispuesta con tanto arte, comieron hasta la saciedad, pues tan exquisita estaba.
Pero como apremiaba el tiempo, Hassán no pudo saber más, porque el eunuco hizo que Agib partiese con él hacia las tiendas del visir.