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西班牙语阅读《一千零一夜》连载三十四
来源:文国网 时间:2008年04月17日 10:54      文章评论我来评论        进入社区

PERO CUANDO LLEGÓ LA 748 NOCHE


Ella dijo:


... En efecto, al siguiente día la madre de Aladino fue a palacio te­niendo cogido por las cuatro puntas el pañuelo que envolvía el obsequio de pedrerías. Y estaba muy resuelta a sobreponerse a su timidez y forma­lar su petición. Y entró en el diván, y se colocó en primera fila ante el sultán. Pero, como la vez primera, no pudo dar un paso ni hacer un gesto que atrajese sobre ella la aten­ción del jefe de las escribas. Y se levantó la sesión sin resultado; y se volvió ella a casa, con la cabeza baja, para anunciar a Aladino el fracaso de su tentativa, pero pro­metiéndole el éxito para la próxima vez. Y Aladino se vio precisado a hacer nueva provisión de paciencia, amonestando a su madre por su falta de valor y de firmeza. Pero no sir­vió de gran cosa, pues la pobre mujer fue a palacio con la porcelana seis días consecutivos y se colocó siempre frente al sultán, aunque sin tener más valor ni lograr más éxito que la primera vez. Y sin duda ha­bría vuelto cien veces más tan inútil­mente, y Aladino habría muerto de desesperación y de impaciencia re­concentrada, si el propio sultán, que acabó por fijárse'en ella, ya que ésta­ba en primera fila a cada sesión del diván, no hubiese tenido la curiosi­dad de informarse acerca de ella y del motivo de su presencia. En efecto, al séptimo día, terminado el diván, el sultán se encaró con su gran visir, y le dijo: “Mira esa vieja que lleva en la mano un pañuelo con algo. Desde hace algunos días viene al diván con regularidad y permane­ce inmóvil sin pedir nada. ¿Puedes decirme a qué viene y qué desea?” Y el gran visir, que no conocía a la madre de Aladino, no quiso dejar al sultán sin respuesta, y le dijo: “¡Oh mi señor! es una vieja entre las numerosas viejas que no vienen al diván más que para pequeñeces. ¡Y tendrá que quejarse sin duda de que la han vendido cebada podrida, por ejemplo, o de que la ha injuriado su vecina, o de que la ha pegado su marido!” Pero el sultán no quedó contento con esta explicación, y dijo al visir: “Sin embargo, deseo inte­rrogar a esa pobre mujer. ¡Hazla avanzar antes de que se retire con los demás!” Y el visir contestó con el oído y la obediencia, llevándose la mano a la frente. Y dio unos pasos hacia la madre de Aladino, y le hizo seña con la mano para que se acer­cara. Y la pobre mujer se adelantó al pie del trono, toda temblorosa, y besó la tierra entre las manos del sultán, como había visto hacer a los demás concurrentes. Y siguió en aquella postura hasta que el gran visir le tocó en el hombro y la ayudó a levantarse. Y se mantuvo entonces de pie, llena de emoción; y el sul­tán le dijo: “¡Oh mujer! hace ya varios días que te veo venir al diván y permanecer inmóvil sin pedir nada. Dime, pues, qué te trae por aquí y qué deseas, a fin de que te haga justicia.” Y un poco alentada por la voz benévola del sultán, contestó la madre de Aladino: “Alah haga descender sus bendiciones sobre la cabeza de nuestro amo el sultán. ¡En cuanto a tu servidora, ¡oh rey del tiempo! antes de exponer su de­manda te suplica que te dignes con­cederle la promesa de seguridad, pues, de no ser así, tendré miedo a ofender los oídos del sultán, ya que mi petición puede parecer extraña o singular!” Y he aquí que el sultán que era hombre bueno y magnánimo, se apresuró a prometerle la seguri­dad; e incluso dio orden de hacer desalojar completamente la sala, a fin de permitir a la mujer que ha­blase con toda libertad. Y no retuvo a su lado más que a su gran visir. Y se encaró con ella, y le dijo: “Pue­des hablar, la seguridad de Alah está contigo, ¡oh mujer!” Poro la madre de Aladino, que había recobrado por completo el valor en vista de la aco­gida favorable del sultán, contestó:. “¡También pido perdón de antema­no al sultán por lo que en mi súplica pueda encontrar de inconveniente y por la audacia extraordinaria de mis palabras!” Y dijo el sultán, cada vez mas intrigado: “Habla ya sin res­tricción, ¡oh mujer! ¡Contigo están el perdón y la gracia de Alah para todo lo que puedas decir y pedir!”
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Entonces, después de prosternarse por segunda vez ante el trono y de haber llamado sobre el sultán todas las bendiciones y los favores del Al­tísimo, la madre de Aladino se puso a cantar cuanto le había sucedido a su hijo desde el día en que oyó a los pregoneros públicos proclamar la or­den de que los habitantes se ocul­taran en sus casas para dejar paso al cortejo de Sett Badrú'l-Budur. Y no dejó de decirle el estado en que se hallaba Aladino, que hubo de ame­nazar con matarse si no obtenía a la princesa en matrimonio. Y narró la historia con todos sus detalles, desde el comienzo hasta el fin. Pero no hay utilidad en repetirla. Luego, cuando acabó de hablar, bajó la cabeza. presa de gran confusión, aña­diendo: “¡Y yo ¡oh rey del tiempo! no me queda más que suplicar a Tu Alteza que no sea riguroso con la locura de mi hija y me excuse si la ternura de madre me ha impul­sado a venir a transmitirte una pe­tición tan singular!”

Cuando el sultán, que había es­cuchado estas palabras con mucha atención, pues era justo y benévolo, vio que había callado la madre de Aladino, lejos de mostrarse indignado de su demanda, se echó a reír con bondad y le dijo: “¡Oh pobre! ¿y qué traes en ese pañuelo que sos­tienes pon la cuatro puntas?

Entonces la madre de Aladino desató el pañuelo en silencio, y sin añadir una palabra presentó al sul­tán la fuente de porcelana en que estaban dispuestas las frutas de pe­drería. Y al punto se iluminó todo el diván con su resplandor, mucho más que si estuviese alumbrado con arañas y antorchas. Y el sultán que­dó deslumbrado de su claridad y le pasmó su hermosura. Luego cogió la porcelana de manos de la buena mujer y examinó las maravillosas pedrerías, una tras otra, tomándolas entre sus dedos. Y estuvo mucho tiempo mirándolas y tocándolas, en el límite de la admiración. Y acabó por exclamar, encarándose con su gran visir: “¡Por vida de mi cabeza, ¡oh visir mío! que hermoso es todo esto y qué maravillosas son estas frutas! ¿Las viste nunca parecidas u oíste hablar siquiera de la exis­tencia de cosas tan admirables sobre la faz de la tierra? ¿Qué te parece? ¡di!” Y el visir contestó: “¡En ver­dad ¡oh rey del tiempo! que nunca he visto ni nunca he oído hablar de cosas tan maravillosas! ¡Ciertamente, estas pedrerías son únicas en su es­pecie! ¡Y las joyas más preciosas del armario de nuestro rey no valen, reunidas, tanto como la más pequeña de estas frutas, a mi entender!” Y dijo el rey: “¿No es verdad ¡oh visir mío! que el joven Aladino, que por mediación de su madre me envía un presente tan hermoso, merece, sin duda alguna, mejor que cualquier hijo de rey, que se acoja bien su petición de matrimonio con mi hija Badrú'l-Budur?” 西班牙语童话故事

A esta pregunta del rey, la cual estaba lejos de esperarse, al visir se le mudó el color y se le trabó mu­cho la lengua y se apenó mucho. Porque, desde hacía largo tiempo, le había prometida el sultán que no daría en matrimonio a la princesa a otro que no fuese un hijo que tenía el visir y que ardía de amor por ella desde la niñez. Así es que tras largo rato de perplejidad, de emoción y de silencio, acabó por contestar con voz muy triste: “Si, ¡oh rey del tiempo! ¡Pero Tu Serenidad olvida que has prometido la princesa al hijo de tu esclavo! ¡Sólo te pido, pues, como gracia, ya que tanto te satisface este regalo de un desconocido, que me concedas un plazo de tres meses, al cabo del cual me comprometo a traer yo mismo un presente más hermoso todavía que éste para ofre­cérselo de dote a nuestro rey, en nombre de mi hijo!”

Y el rey, que a causa de sus co­nocimientos en materia de joyas y pedrerías sabía bien que ningún hombre, aunque fuese hijo de rey o de sultán, sería capaz de encon­trar un regalo que compitiese de cerca ni de lejos con aquellas mara­villas, únicas en su especie, no quiso desairar a su viejo visir rehusándole la gracia que solicitaba, por muy inútil que fuese; y con benevolencia le contestó: “¡Claro está ¡oh visir mío! que te concedo el plazo que pides. ¡Pero has de saber que, si al cabo de esos tres meses nos has en­contrado para tu hijo una dote que ofrecer a mi hija que supere o iguale solamente a la dote que me ofrece esta buena mujer en nombre de su hijo Aladino, no podré hacer más por tu hijo, a pesar de tus buenos y leales servicios!” Luego se encaró con la madre de Aladino y le dijo con mucha afabilidad: “¡Oh madre de Aladino! ¡puedes volver con toda alegría y seguridad al lado de tu hijo y decirle que su petición ha sido bien acogida y que mi hija está com­prometida con él en adelante! ¡Pero dile que no podrá celebrarse el ma­trimonio hasta pasados tres meses, para dar tiempo a preparar el equipo de mi hija y hacer el ajuar que co­rresponde a una princesa de su ca­lidad!”

Y la madre de Aladino, en extre­mo emocionada, alzó los brazos al cielo e hizo votos por la prosperidad y la dilatación de la vida del sultán y se despidió, para volar llena de ale­gria a su casa en cuanto salió de palacio. Y no bien entró en ella, Aladino vio su rostro iluminado por la dicha y corrió hacia ella y le preguntó, muy turbado: “Y bien, ¡oh madre! ¿debo vivir o debo mo­rir?” Y la pobre mujer, extenuada de fatiga, comenzó por sentarse en el diván y quitarse el velo del rostro, y dijo: “Te traigo buenas noticias, ¡oh Aladino! ¡La hija del sultán está comprometida contigo para en adelante! ¡Y tu regalo, como ves, ha sido acogido con alegría y con­tento! ¡Pero hasta dentro de tres meses no podrá celebrarse tu matri­monio con Badrú'l-Badur! ¡Y esta tardanza se debe al gran visir, barba calamitosa, que ha hablado en secre­to con el rey y le ha convencido para retardar la ceremonia, no sé por qué razón! Pero ¡inschalah! todo saldrá bien. Y será satisfecho tu deseo por encima de todas las previsiones, ¡oh hijo mío!” Luego añadió: “¡En cuan­to a ese gran visir, ¡oh hijo mío! que Alah le maldiga y le reduzca al es­tado peor! ¡Porque estoy muy pre­ocupada por lo que le haya podido decir al oído al rey! ¡A no ser por el, el matrimonio hubiera tenido lu­gar, al parecer, hoy o mañana, pues le han entusiasmado al rey las frutas de pedrería del plato de porcelana!”

Luego, sin interrumpirse para res­pirar, contó a su hijo todo lo que había ocurrido desde que entró en el diván, hasta que salió, y terminó diciendo: “Alah conserve la vida de nuestro glorioso sultán, y te guarde para la dicha que te espera, ¡oh hijo mío Aladino!”

Al oír lo que acababa de anun­ciarle su madre, Aladino osciló de tranquilidad y contento, y exclamó; “¡Glorificado sea Alah, ¡oh madre! que hace descender Sus gracias a nuestra casa y te da por hija a una princesa que tiene sangre de los más grandes reyes!” Y besó la mano a su madre y la dio muchas gracias por todas las penas que hubo de tomarse para la consecución de aquel asunto tan delicado. ¡Y su madre le besó con ternura y le deseó toda cla­se de prosperidades, y lloró al pensar que su esposo el sastre, padre de Aladino, no estaba allí para ver la fortuna y los efectos maravillosos del destino de su hijo, el holgazán de otra tiempo!

Y desde aquel día pusiéronse a contar, con impaciencia extremada, las horas que les separaban de la dicha que se prometían hasta la ex­piracion del plazo de tres meses. Y no cesaban de hablar de sus proyec­tos y de los festejos y limosnas que pensaban dar a las pobres, sin olvidar que ayer estaban ellos mismos en la miseria y que la cosa más meritoria a los ojos del Retribuidor era, sin duda alguna, la generosidad.

Y he aquí que de tal suerte trans­currieron dos meses. Y la madre de Aladino, que salía a diario para hacer las compras necesarias con anterioridad a las bodas, había ido al zoco una mañana y comenzaba a entrar en las tiendas, haciendo mil pedidos grandes y pequeños, cuando advirtió una cosa que no había no­tado al llegar. Vio, en efecto, que todas las tiendas estaban decoradas y adornadas con follaje, linternas y banderolas multicolores que iban de un extremo a otro de la calle, y que todos los tenderos, compradores y gentes del zoco, lo mismo ricos que pobres, hacían grandes demostracio­nes de alegría, y que todas las calles estaban atestadas de funcionarios de palacio ricamente vestidos con sus brocados de ceremonia y montados en caballos enjaezados maravillosa­mente, y que todo el mundo iba y venía con una animación inesperada. Así es que se apresuró a preguntar a un mercader de aceite, en cuya casa se aprovisionaba, qué fiesta, ignorada por ella, celebraba toda aquella alegre muchedumbre y qué significaban todas aquellas demos­traciones. Y el mercader de aceite, en extremo asombrado de semejante pregunta, la miró de reojo, y con­testó: “¡Por Alah, que se diría que te estás burlando! ¿Acaso eres una extranjera para ignorar así la boda del hijo del gran visir con la princesa Badrú'l-Budur, hija del sultán? ¡Y precisamente esta es la hora en que ella va a salir del hamman! ¡Y todos esos jinetes ricamente vestidos con trajes de oro son los guardias que la darán escolta hasta el palacio!”
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Cuando la madre de Aladino hubo oído estas palabras del mercader de aceite, no quiso saber más, y enlo­quecida y desolada echó a correr por los zocos, olvidándose de sus com­pras a los mercaderes, y llegó a su casa, adonde entró, y se desplomó sin aliento en el diván, permanecien­do allí un instante sin poder pro­nunciar una palabra. Y cuando pudo hablar, dijo a Aladino, que había acudido: “¡Ah! ¡hijo mío, el Des­tino ha vuelto contra ti la página fatal de su libro, y he aquí que todo está perdido, y que la dicha hacia la cual te encaminabas se desvaneció antes de realizarse!” Y Aladino, muy alarmado del estado en que veía a su madre y de las palabras que oía, le preguntó: “¿Pero qué ha sucedido de fatal, ¡oh madre!? ¡Dímelo pron­to!” Ella dijo: “¡Ay! ¡hijo mío, el sultán se olvidó de la promesa que nos hizo! ¡Y hoy precisamente casa a su hija Badrú’l-Budur con el hijo del gran visir, de ese rostro de brea, de ese calamitoso a quien yo temía tanto! ¡Y toda la ciudad está ador­nada, como en las fiestas mayores, para la boda de esta noche!” Y al escuchar esta noticia, Aladino sintió que la fiebre le invadía el cerebro y hacía bullir su sangre a borbotones precipitados. Y se quedó un momen­to pasmado y confuso, como si fuera a caerse. Pero no tardó en domi­narse, acordándose de la lámpara maravillosa que poseía, y que le iba a ser más útil que nunca. Y se encaró a su madre, y le dijo con acento muy tranquilo: “¡Por tu vida; ¡oh madre! se me antoja que el hijo del visir no disfrutará esta noche de todas las delicias que se promete gozar en lugar mío! No temas, pues, por eso, y sin más dilación, levan­tate y prepáranos la comida. ¡Y ya veremos después lo que tenemos que hacer con asistencia del Altísimo!”

Se levantó, pues, la madre de Ala­dino y preparó la comida, comiendo Aladino con mucho apetito para retirarse a su habitación inmediata­mente, diciendo: “¡Deseo estar solo y que no se me importune!” Y cerró tras de sí la puerta con llave, y sacó la lámpara mágica del lugar en que la tenía, escondida. Y la cogió y la frotó en el sitio que conocía ya. Y en el mismo momento se le apareció el efrit esclavo de la lámpara, y dijo: ¡Aquí tienes entre tus manos a tu esclavo! ¿Qué quieres? Habla. ¡Soy el servidor de la lámpara en el aire por donde vuelo y en la tierra por donde me arrastro! Y Aladino le di­jo: “¡Escúchame bien, ¡oh servidor de la lámpara! -pues ahora ya no se trata de traerme de comer y de he­ber, sino de servirme en un asunto de mucha más importancia! Has de saber, en efecto que el sultán me ha prometido en matrimonio su mara­villosa hija Badrú'l-Budur, tras de haber recibido de mí un presente de frutas de pedrería. Y me ha pe­dido un plazo de tres meses para la celebración de las bodas. ¡Y ahora se olvidó de su promesa, y sin pen­sar en devolverme mi regalo, casa a su hija con el hijo del gran visir! ¡Y como no quiero que sucedan así las cosas, acudo a ti para que me auxilies en la realización de mi pro­yecto!” Y contestó el efrit: “Habla, ¡oh mi amo Aladino! ¡Y no tienes necesidad de darme tantas explica­ciones! ¡Ordena y obedeceré!” Y contestó Aladino: “¡Pues esta noche, en cuanto los recién casados se acues­ten en su lecho nupcial, y antes de que ni siquiera tengan tiempo de tocarse, los cogerás con lecho y todo y los transportarás aquí mismo, en donde ya veré lo que tengo que hacer!” Y el efrit de la lámpara se llevó la mano a la frente, y contestó: “¡Escuco y obedezco!'; Y desapa­reció. Y Aladino fue en busca, de su madre y se sentó junto a ella y se puso a hablar con tranquilidad de unas cosas y de otras, sin preocu­parse del matrimonio de la princesa, como si no hubiese ocurrido nada de aquello. Y cuando llegó la noche dejó que se acostara su madre, y volvió a su habitación, en donde se encerró de nuevo con llave, y esperó el regreso del efrit. ¡Y he aquí lo referente a él!

¡He aquí ahora lo que atañe a las bodas del hijo del gran visir! Cuando tuvieron fin la fiesta y los festines y las ceremonias y las recepciones y los regocijos, el recién casado, pre­cedido por el jefe de los eunucos, penetró en la cámara nupcial. Y el jefe de los eunucos se apresuró a re­tirarse y a cerrar la puerta detrás de sí. Y el recién casado, después de­desnudarse, levantó las cortinas y se acostó en el lecho para esperar allí la llegada de la princesa. No tardó en hacer su entrada ella, acompa­ñada de su madre y las mujeres de su séquito, que la desnudaron, la pusieron una sencilla camisa de seda y destrenzaran su cabellera. Luego la metieron ea el lecho a la fuerza, mientras ella fingía hacer mucha resistencia y daba vueltas en todos sentidos para escapar de sus manos, como suelen hacer en semejantes circunstancias las recién casadas. Y cuando la metieron en el lecho, sin mirar al hijo del visir que estaba ya acostado, se retiraron todas juntas, haciendo votos por la consumación del acto. Y la madre, que salió la última, cerró la puerta de la habita­ción, lanzando un gran suspiro, como es costumbre.

No bien estuvieron solas los re­cién casados, antes de que tuviesen tiempo de hacerse la menor caricia, sintiéronse de pronto elevados con su lecho, sin poder darse cuenta de lo que les sucedía. Y en un abrir y cerrar de ojos se vieron transpor­tados fuera del palacio y deposita­dos en un lugar que no conocían, y que no era otro que la habitación de Aladino. Y dejándolos llenos de espanto, el efrit fue a prosternarse ante Aladino, y le dijo: “Ya se ha ejecutado tu orden ¡oh mi señor! ¡Y heme aquí dispuesto a obedecerte en todo lo que tengas que mandar­me!” Y le contestó Aladino: “¡Ten­go que mandarte que cojas a ese joven y le encierres durante toda la noche en el retrete! ¡Y ven aquí a tomar órdenes mañana por la ma­ñana!” Y el genni de la lámpara contestó con el oído y la obediencia, y se apresuró a obedecer. Cogió, pues, brutalmente al hijo del visir y fue a encerrarle en el retrete, me­tiéndole la cabeza en el agujero. Y sopló sobre él una bocanada fría y pestilente que lo dejó inmóvil como un madero en la postura en que estaba. ¡Y he aquí lo referente a él!

En cuanto a Aladino, cuando es­tuvo solo con la princesa Badrú'l-Bu­dur, a pesar del gran amor que por ella sentía, no pensó ni por un ins­tante en abusar de la situación. Y empezó por inclinarse ante ella, lle­vándose la mano al corazón, y le di­jo con voz apasionada: “¡Oh prin­cesa, sabe que aquí estás más segu­ra que en el palacio de tu padre el sultán! ¡Si te hallas en este lugar que desconoces, sólo es para que no sufras las caricias de ese joven cretino, hijo del visir de tu padre! ¡Y aunque es a mí a quien te prome­tieron en matrimonio, me guardaré bien de tocarte antes de tiempo y antes de que seas mi esposa legítima por el Libro y la Sunnah!”

Al oír estas palabras de Aladino, la princesa no pudo comprender na­da, primeramente porque estaba muy emocionada, y además, porque ig­noraba la antigua promesa de su pa­dre y todos los pormenores del asun­to. Y sin saber qué decir, se limitó a llorar mucho. Y Aladino para de­mostrarle bien que no abrigaba nin­guna mala intención con respecto a ella y para tranquilizarla, se tendió vestido en el lecho, en el mismo sitio que ocupaba el hijo del visir, y tuvo la precaución de poner un sable des­envainado entre ella y él, para dar a entender que antes se daría la muerte que tocarla, aunque fuese con las puntas de los dedos. Y has­ta volvió la espalda a la princesa, para no importunarla en manera al­guna. Y se durmió con toda tran­quilidad, sin volver a ocuparse de la tan desada presencia de Badrú't-Bu­dur, como si estuviese solo en su le­cho de soltero.

En cuanto a la princesa, la emo­ción que le producía aquella aventu­ra tan extraña, y la situación ano­mala en que se encontraba, y los pensamientos tumultuosos que la agi­taban, mezcla de miedo y asombro, la impidieron pegar los ojos en toda la noche. Pero sin duda tenía menos motivo de queja que el hijo del vi­sir, que estaba en el retrete con la cabeza metida en el agujero y no podía hacer ni un movimiento a causa de la espantosa bocanada que le había echado el efrit para inmo­vilizarle. De todos modos, la suerte de ambos esposos fue bastante aflic­tiva y calamitosa para una primera noche de bodas...


En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la maña­na, y se calló discretamente.

作者:katya
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