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西班牙语阅读《一千零一夜》连载三十五
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西班牙语阅读《一千零一夜》连载三十五

PERO GUANDO LLEGÓ LA 755 NOCHE 西班牙语学习,西语阅读


Ella dijo:


... e hizo proclamar el divorcio de su hija Badrú’l-Budur con el hi­jo del gran visir, dando a entender que no se había consumado nada. En cuanto al hijo del gran visir, el sultán, por consideración a su pa­dre, le nombró gobernador de una provincia lejana de China, le dio or­den de partir sin demora. Lo cual fue ejecutado.
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Cuando Aladino, al mismo tiempo que los habitantes de la ciudad, se enteró, por la proclama de los pre­goneros públicos, del divorcio de Badrú’l-Budur sin haberse consuma­do el matrimonio y de la partida del burlado, se dilató hasta el límite de la dilatación, y se dijo: “¡Bendita sea esta lámpara maravillosa, causa ini­cial de todas mis prosperidades! ¡Preferible es que haya tenido lugar el divorcio sin una intervención más directa del genni de la lámpara, el cual, sin duda, habría acabado cocí ese cretino!” Y también se alegró de que hubiese tenido éxito su vengan­za sin que nadie, ni el rey, ni el gran visir, ni su misma madre sospecha­ra la parte que había tenido él en todo aquel asunto. Y sin preocuparse ya, como sino hubiese ocurrido na­da anómalo desde su petición de matrimonio, esperó con toda tran­quilidad a que transcurriesen los tres meses del plazo exigido, enviando a palacio, en la mañana que siguió al último día del plazo consabido, a su madre, vestida con sus trajes mejores, para que recordase al sultán su promesa.

Y he aquí que, en cuanto entró en el diván la madre de Aladino, el sultán, que estaba dedicado a des­pachar los asuntos del reino, como de costumbre, dirigió la vista hacia ella y la reconoció en seguida. Y no tuvo ella necesidad de hablar, por que el sultán recordó por sí mismo la promesa que le había dado y el plazo que había fijado. Y se encaró con su gran visir, y le dijo: “¡Aquí está ¡oh visir! la madre de Aladino! Ella fue quien nos trajo, hace tres meses, la maravillosa porcelana lle­na de pedrerías. ¡Y me parece que, con motivo de expirar el plazo, vie­ne a pedirme el cumplimiento de la promesa que le hice concerniente a mi hija! ¡Bendito sea Alah, que no ha permitido el matrimonio de tu hijo, para que así haga honor a la palabra dada cuando olvidé mis com­promisos por ti!” Y el visir, que en su fuero interno seguía estando muy despechado por todo lo ocurrido, contestó: “¡Claro ¡oh mi señor! que jamás los reyes deben olvidar sus promesas! ¡Pero el caso es que, cuan­do se casa a la hija, debe uno infor­marse acerca del esposo, y nuestro amo el rey no ha tomado informes de este Aladino y de su familia! ¡Pero yo sé que es hijo de un pobre sas­tre muerto en la miseria, y de baja condición! ¿De dónde puede venir­le la riqueza al hijo de un sastre?” El rey dijo: “La riqueza viene de Alah, ¡oh visir!” El visir dijo: “Así es, ¡oh rey! ¡Pero no sabernos si ese Aladino es tan rico realmente co­mo su presente dio a entender! Pa­ra estar seguros no tendrá el rey más que pedir por la princesa una dote tan considerable que sólo pue­da pagarle un hijo de rey o de sul­tán. ¡Y de tal suerte el rey casará a su hija sobre seguro, sin correr el riesgo de darle otra vez un esposo indigno de sus méritos!” Y dijo el rey: “De tu lengua brota elocuencia, ¡oh visir! ¡Di que se acerque esa mujer para que yo le hable!” Y el visir hizo una seña al jefe de los guardias, que mandó avanzar hasta el pie del trono a la madre de Ala­dino. 西班牙语学习,西语阅读 西班牙语学习,西语阅读

Entonces la madre de Aladino se prosternó, y besó la tierra por tres veces entre las manos del rey, quien le dijo: “¡Has de saber ¡oh tía! que no he olvidado mi promesa! ¡Pero hasta el presente no hablé aún de la dote exigida por mi hija, cuyos mé­ritos son muy grandes! Dirás, pues, a tu hijo, que se efectuará su ma­trimonio con mi hija El Sett Badrúl-Budur cuando me haya enviado lo que exijo como dote para mi hija, a saber: cuarenta fuentes de oro ma­cizo llenas hasta los bordes de las mismas especies de pedrerías en for­ma de frutas de todos colores y to­dos tamaños, como las que me envió en la fuente de porcelana; y estas fuentes las traerán a palacio cua­renta esclavas jóvenes, bellas como lunas, que serán conducidas por cuar renta esclavos negros, jóvenes y ro­bustos; e irán todos formados en cortejo, vestidos con mucha mag­nificencia, y vendrán a depositar en mis manos las cuarenta fuen­tes de pedrerías. ¡Y eso es todo lo que pido, mi buena tía! ¡Pues no quiero exigir más a tu hijo, en con­sideración al presente que me ha enviado ya!”

Y la madre de Aladino, muy ate­rrada por aquella petición exorbitan­te, se limitó a prosternarse por se­gunda vez ante el trono, y se retiró para ir a dar cuenta de sumisión a su hijo. Y le dijo: “¡Oh! ¡hijo mío, yo te aconsejé desde un principio que no pensaras en el matrimnio con la princesa Badrú’l-Budur!” Y suspirando mucho, contó a su hijo la manera, muy afable desde luego, que tuvo al recibirla el sultán, y las condiciones que ponía antes de con­sentir definitivamente en el matri­monio. Y añadió: “¡Qué locura la tuya, ¡oh hijo mío! ¡Admito lo de las fuentes de oro, y las pedrerías exigidas, porque imagino que serás lo bastante insensato para ir al sub­terráneo a despojar a los árboles de sus frutas encantadas! Pero, ¿quieres decirme cómo vas a arreglarte para disponer de las cuarenta esclavas jóvenes y de los cuarenta jóvenes ne­gros? ¡Ah! ¡hijo mío, la culpa de es­ta pretensión tan exorbitante la tie­ne también ese maldito visir, porque le vi inclinarse al oído del rey, cuan­do yo entraba, y hablarle en secreto! ¡Creeme, Aladino, renuncia a ese proyecto que te llevara a la perdi­ción sin remedio!” Pero Aladino se limitó a sonreír, y contestó a su madre: “¡Por Alah, ¡oh madre! que al verte entrar con esa cara tan tris­te creí que ibas a darme una mala noticia! ¡Pero ya veo que te preocu­pas siempre par cosas que verdade­ramente no valen la pena! ¡Porque has de saber que todo lo que acaba de pedimne el rey como precio de su hija no es nada en comparación con lo que realmente podría darle! Re­fresca pues, tus ojos y tranquiliza tu espíritu. Y por tu parte, no pien­ses más que en preparar la comida, pues tengo hambre. ¡Y deja para mí el cuidado de complacer al rey!”
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Y he aquí que, en cuanto la ma­dre salió para ir al zoco a comprar las provisiones necesarias, Aladino se apresuró a encerrarse en su cuarto. Y cogió la lámpara y la frotó en el sitio que sabía. Y al punto apareció el genni, quien después de inclinar­se -ante él y dijo: “¡Aquí tienes entre tus manos a tu esclavo! ¿Qué quie­res? Habla. ¡Soy el servidor de la lampara en el aire por donde vuelo y en la tierra por donde me arras­tro!” Y Aladino le dijo: “Sabe ¡oh efrit! que el sultán consiente en dar­me a su hija, la maravillosa Badrú'l-Budur, a quien ya conoces; pero lo hace a condición de que le envíe lo más pronto posible cuarenta bande­jas de oro macizo, de pura calidad, llenas hasta los bordes de frutas de pedrerías semejantes a las de la fuen­te de porcelana, que las cogí en los árboles del jardín que hay en el si­do donde encontré la lámpara de que eres servidor. ¡Pero no es eso todo! Para llevar esas bandejas de oro, llenas de pedrerías, me pide además, cuarenta esclavas jóvenes, bellas como lunas, que han de ser conducidas por cuarenta negros jó­venes, hermosos, fuertes y vestidos con mucha magnificencia. ¡Eso es lo que, a mi vez, exijo de ti! ¡Date prisa a complacerme, en virtud del poder que tengo sobre ti como due­ño de la lámpara!” Y el genni con­testó: “¡Escucho y obedezco!” Y des­apareció, pero para volver al cabo de un momento.

Y le acompañaban los ochenta es­clavos consabidos, hombres y muje­res, a los que puso en fila en el pa­tio, a lo largo del muro de la casa. Y cada una de las esclavas llenaba a la cabeza una bandeja de oro ma­cizo lleno hasta el borde de perlas, diamantes, rabíes, esmeraldas, turquesas y otras mil especies de pedre­rías en forma de frutas de todos co­lores y de todos tamaños. Y cada bandeja estaba cubierta con una gasa de seda con florones de oro en el te­jido. Y verdaderamente eran las pe­drerías mucho más maravillosas que las presentadas al sultán en la porce­lana. Y una vez alineados contra el muro los cuarenta esclavos, el genni fue a inclinarse ante Aladino, y le preguntó: “¿Tienes todavía ¡oh mi señor! que exigir alguna cosa al ser­vidor de la lámpara?” Y Aládino le dijo: “¡No, por el momento nada más!” Y al punto desapareció el efrit. 西班牙语学习,西语阅读

En aquel instante entró la madre de Aladino cargada con las provi­siones que había comprado en el zoco. Y se sorprendió mucho al ver su casa invadida por tanto gente; y al pronto creyó que el sultán man­daba detener a Aladino para casti­garle por la insolencia de su petición. Pero no tardó Aladino en disuadirla de ello, pues sin darla lugar a quitar­se el velo del rastro, le dijo: “¡No pierdas el tiempo en levantarte el ve­lo, ¡oh madre! porque vas a verte obligada a salir sin tardanza para acompañar al palacio a estos escla­vos que ves formados en el patio! ¡Como puedes observar, las cuarenta esclavas llevan la dote reclamada por el sultán como precio de su hi­ja! ¡Te ruego, pues, que, antes de preparar la comida, me prestes el servicio de acompañar al cortejo para presentárselo al sultán!'

Inmediatamente la madre de Ala­dino hizo salir de la casa por orden a los ochenta esclavos, formándolos en hilera por parejas: una esclava joven precedida de un negro, y así sucesivamente hasta la última pare­ja. Y cada pareja estaba separada de la anterior por un espacio de diez pies: Y cuando traspuso la puerta la última pareja, la madre de Ala­dino echó a andar detrás del cor­tejo. Y Aladino cerró la puerta, se­guro del resultado, y fue a su cuar­to a esperar tranquilamente el re­gresó de su madre.
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En cuanto salió a la calle la pri­mera pareja comenzaron a aglome­rarse los transeúntes; y cuando es­tuvo completo el cortejo la calle ha­bíase llenado de una muchedumbre inmensa, que prorrumpía en murmu­llos y exclamaciones. Y acudió todo el zoco para ver el cortejo y admi­rar un espectáculo, tan magnífico y tan extraordinario. ¡Porque cada pareja era por sí sola una cumplida maravilla; pues su atavío, admirable de gusto y esplendor, su hermosura, compuesta de una belleza blanca de mujer y una belleza negra de negro, un buen aspecto, su continente aven­tajado, su marcha reposada y caden­ciosa, a igual distancia, el resplandor de la bandeja de pedrerías que lle­vaba a la cabeza cada joven, los des­tellos lanzados por las joyas engastadas en los cinturones de oro de los negros, las chispas que brotaban de sus gorros de brocado en que balan­ceábanse airones, todo aquello cons­tituía un espectáculo arrebatador, a ninguno otro parecido, que hacía que ni por un instante dudase el pue­blo de que se trataba de la llegada a palacio de algún asombroso hilo de rey o de sultán.

Y en medio de la estupefacción de todo un pueblo, acabó el cortejo por llegar a palacio. Y no bien los guardias y porteros divisaron a la primer pareja, llegaron a tal estado de maravilla que, poseídos de respe­to y admiración, se formaron espon­táneamente en dos filas para que pa­saran. Y su jefe, al ver al primer negro, convencido de que iba a vi­sitar al rey el sultán de los negros en persona, avanzó hacia él y se prosternó y quiso besarle la mano; pero entonces vio la hilera maravi­llosa que le seguía. Y al mismo tiem­po le dijo el primer negro, sonrien­do, porque había recibido del efrit las instrucciones necesarias: “¡Yo y todos nosotros no somos más que es­clavos del que vendrá cuando llegue el momento- oportuno!”. Y tras de hablar así, franqueó la puerta segui­do de la joven que llevaba la ban­deja de oro y toda la hilera de parejas armoniosas. Y los ochenta esclavos franquearon el primer patio y fueron a ponerse en fila por orden en el segundo patio, al cual daba el diván de recepción.
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En cuanto al sultán, que en aquel momento despachaba los asuntos del reinó, vio en el patio aquel cortejo magnífico, que borraba con su es­plendor el brillo de todo lo que él poseía en el palacio, hizo desalo­jar el diván inmediatamente, y dio orden de recibir a los recién llega­dos. Y entraron éstos gravemente, de dos en dos, y se alinearon con lentitud, formando una gran media luna ante el trono del sultán. Y cada una de las esclavas jóvenes, ayuda­da por su compañero negro, depo­sito en la alfombra la bandeja que llevaba. Luego se prosternaron a la vez los ochenta y besaron la tierra entre las manos del sultán, levantán­dose en seguida, y todos a una des­cubrieron con igual diestro ademán las bandejas rebosantes de frutas ma­ravillosas. Y con los brazos cruzados sobre el pecho permanecieron de pie, en actitud del más profundo respeto.

Sólo entonces fue cuando la ma­dre de Aladino, que iba la última, se destacó de la media luna que for­maban las parejas alternadas, y des­pués de las prosternaciones y las za­lemas de rigor, dijo al rey, que había enmudecido por completo ante aquel espectáculo sin par: “¡Oh rey del tiempo ¡mi hijo Aladino, esclavo tuyo, me envía con la dote que has pedido como precio de Sett Badrú'h-­Budur, tu hija honorable! ¡Y me en­carga te diga que te equivocaste al apreciar la valía de la princesa, y que todo esto está muy por debajo de sus méritos! Pero cree que le disculparás por ofrecerte tan poco, y que admitirás este insignificante tributo en espera de lo que piensa hacer en lo sucesivo!”

Así habló la madre de Aladino. Pero el rey, que no estaba en estado de escuchar lo que ella le decía, se­guía absorto y con los ojos muy abiertos ante el espectáculo que se ofrecía a su vista. Y miraba alter­nativamente las cuarenta bandejas, el contenido de las cuarenta bandejas, las esclavas jóvenes que habían lle­vado las cuarenta bandejas y los jó­venes negros que habían acompaña­do a las portadoras de las bandejas. ¡Y no sabía qué debía admirar más, si aquellas joyas, que eran las más extraordinarias que vio nunca en el mundo, o aquellas esclavas jóvenes, que eran como lunas, o aquellos es­clavos negros, que se dirían otros tantos reyes! Y así se estuvo una hora de tiempo, sin poder pronun­ciar una palabra ni separar sus mira­das de las maravillas que tenía ante sí. Y en lugar de dirigirse a la ma­dre de Aladino para manifestarle su opinión acerca de lo que le llevaba, acabó por encararse con su gran visir y decirle:' “¡Por mi vida! ¿qué suponen las riquezas que poseemos y que supone mi palacio ante tal magnificencia? ¿Y qué debemos pen­sar del hombre que, en menos tiem­po del precisa para desearlos, reali­za tales esplendores y nos los envía? ¿Y qué son los méritos de mi hija comparados con semejante profusión de hermosura?” Y no obstante el despecho y el rencor que experi­mentaba por cuanto le había sucedí­do a su hijo, el visir no pudo menos de decir: “¡Sí, por Alah, hermoso es todo esto; pero, aún así, no vale lo que un tesoro único como la prin­cesa Badrú'l-Budur!” Y dijo el rey: “¡Por Alah, ya lo creo que vale tan­to como ella y la supera con mucho en valor! ¡Por eso no me parece mal negocio concedérsela en matrimonio a un hombre tan rico, tan generoso y tan magnífico como el gran Ala­dino, nuestro hijo!” Y se encaró con las demás visires y emires y nota­bles que le rodeaban, y les interrogó con la mirada. Y todos contestaron inclinándose profundamente hasta el suelo por tres veces para indicar bien su aprobación a las palabras de su rey. 西班牙语学习,西语阅读 西班牙语学习,西语阅读

Entonces no vaciló más ef rey. Y sin preocuparse ya de saber si Ala­dino reunía todas las cualidades re­queridas para ser esposo de una hija de rey, se encaró con la madre de Aladino, y le dijo: “¡Oh venerable madre de Aladino! ¡te ruego que vayas a decir a tu hijo que desde este instante ha entrado en mi raza y en mi descendencia, y que ya no aguardo más que a verle para besar­le como un padre besaría a su hija, y para unirle a mi hija Badrú’l-Bu­dur por el Libro y la Sunnah!”

Y después de las zalemas, por una y otra parte la madre de Aladino se apresuró a retirarse para volar en seguida a su casa, desafiando a, la rapidez del viento, y poner a su hijo Aladino al corriente de lo que oca­baba de pasar. Y le apremió para que se diera prisa a presentarse al rey, que tenía la más viva impacien­cia por verle. Y Aladino, que con aquella noticia veía satisfechos sus anhelos después de tan larga espera, no quiso dejar ver cuán embriagado de alegría estaba. Y contestó con aire muy tranquilo y acento mesu­rado: “Toda esta dicha me viene de Alah y de tu bendición ¡oh madre! y de tu celo infatigable.” Y le besó las manos y la dio muchas gracias y le pidió permiso para retirarse a su cuarto; a fin de prepararse para ir a ver al sultán.

No bien estuvo solo, Aladino co­gió la lámpara mágica, que hasta en­tonces había sido de tanta utilidad para él, y la frotó como de ordina­rio. Y al instante apareció el efrit, quien, después de inclinarse ante él, le preguntó con la fórmula habitual qué servicio podía prestarle. Y Ala­dino contestó: “¡Oh efrit de la lám­para!. ¡deseo tomar un baño! ¡Y pa­ra después del baño quiero que me traigas un traje que no tenga igual en magnificencia entre los sultanes más grandes de la tierra, y tan bue­no, que los inteligentes puedan esti­marlo en más de mil millares de di­nares de oro, por lo menos! ¡Y bas­ta por el momento!”

Entonces, tras de inclinarse en prueba de obediencia, el efrit de la lámpara dobló completamente el espi­nazo, y dijo a Aladino: “Móntate en mis hombros, ¡oh dueño de la lám­para!” Y Aladino se montó en los hombros dei efrit, dejando colgar sus piernas sobre el pecho del genni; y el efrit se elevó por los aires, ha­ciéndole invisible, como él lo era, y le transportó a un hammam tan hermoso que no podría encontrár­sele hermano en casa de los reyes y kaissares. Y el hammarn era todo de jade y alabastro transparente, con piscinas de coralina rosa y coral blanco y con ornamentos de piedra de esmeralda de una delicadeza en­cantadora. ¡Y verdaderamente po­dían deleitarse allá los ojos y los sentidos, porque en aquel recinto na­da molestaba a la vista en el con­junto ni en los detalles! Y era deli­ciosa la frescura que se sentía allí y el calor estaba graduado y pro­porcionado. Y no había ni un ba­ñista que turbara con su presencia o con su voz la paz de las bóvedas blancas. Pero en cuanto el genni de­jó a Aladino en el estrado de la sala de entrada, apareció ante él un joven efrit de lo más hermoso, semejante a una muchacha, aunque más seduc­tor, y le ayudó a desnudarse, y le echó por los hombros una toalla grande perfumada, y le cogió con mucha precaución y dulzura y le condujo a la más hermosa de las salas, que estaba toda pavimentada de pedrerías de colores diversos. Y al punto fueron a cogerle de manos de su compañero otros jóvenes efrits, no menos bellos y no menos seduc­tores, y le sentaron cómodamente en un banco de mármol, y se dedica­ron. a frotarle y a lavarle con varias clases de aguas de olor; le dieron masaje con un arte admirable, y vol­vieron a lavarle con agua de rosas almizclada. Y sus sabios cuidados le pusieron la tez tan fresca como un pétalo de rosa y blanca y encar­nada, a medida de los deseos. Y se sintió ligero hasta el punto de poder volar como los pájaros. Y el joven y hermoso efrit que habíale condu­cido se presentó para volver a coger­le y llevarle al estrado, donde le ofreció, como refrescó, un delicioso sorbete de ámbar gris. Y se encon­tró con el genni de la lámpara, que tenía entre sus manos un traje de suntuosidad incomparable. Y ayu­dado por el joven efrit de manos sua­ves, se puso aquella magnificencia, y estaba semejante a cualquier rey entre los grande reyes, aunque te­nía mejor aspecto aún. Y de nuevo le tomo el efrit sobre sus hombros y se le llevó, sin sacudidas, a la habitación de su casa. 西班牙语学习,西语阅读 西班牙语学习,西语阅读

Entonces Aladino se encaró con el efrit de la lámpara, y le dijo: “Y ahora ¿sabes lo que tienes que ha­cer?” El genni contestó: “No, ¡oh dueño de la lámpara! ¡Pero ordena y obedeceré en los aires por donde vuelo o en la tierra por donde me arrastro!” Y dijo Aladino: “Deseo que me traigas un caballo de pura raza, que no tenga hermano en her­mosura ni en las caballerizas del sultán ni en las de los monarcas más poderosos; del mundo. Y es precisó que sus arreos valgan por sí solos mil millares de dinares de oro, por lo menos. Al mismo tiempo me trae­rás cuarenta y ocho esclavos jóvenes, bien formados, de talla aventajada y llenos de gracia, vestidos con mu­cha limpieza, elegancia y riqueza, para que abran marcha delante de mi caballo veinticuatro de ellos pues­tos en dos hileras de a doce, mientras los otros veinticuatro irán detrás de mí en dos hileras de a doce también. Tampoco has de olvidarte, sobre to­do, de buscar para el servicio de mi madre doce jóvenes como lunas, úni­cas en su especie, vestidas con mu­cho gusto y magnificencia y llevan­do en los brazos cada una un traje de tela y color diferentes y con el cual pueda vestirse con toda confian­za una hija de rey. Por último, a ca­da uno de mis cuarenta y ocho escla­vos le darás, para que se lo cuelgue al cuello, un saco con cinco mil di­nares de oro, a fin de que haga yo de ello el uso que me parezca. ¡Y eso es todo lo que deseo de ti por hoy...


En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la maña­na, y se calló discretamente.

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作者:katya 来源:文国网 更新时间:2008年04月21日 05:41
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