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西班牙语阅读《一千零一夜》连载三十七
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HISTORIA DE ALÍ BABÁ Y LOS CUARENTA LADRONES


“Recuerdo, ¡oh rey afortunado!, que en tiempos muy lejanos, en los días del pasado, ya ido, y en una ciudad entre las ciudades de Persia, vivían dos hermanos; uno se llama­ba Kasín y el otro Alí Babá. ¡Exal­tado sea aquel ante quien se borran todos los nombres, sobrenombres y renombres; el que ve las almas al desnudo y las conciencias en toda su profundidad, el Altísimo, el due­ño de todos los destinos! Cuando el padre de Kasín y de Alí Babá, que era un hombre del común, murió en la misericordia de su señor, los dos hermanos se repartieron equitativa­mente lo poco que les dejo en he­rencia, tardando poco en consumir tan mezquino caudal y encontrán­dose, de la noche a la mañana, con las caras largas y sin pan ni queso. He aquí lo que suele ocurrirles a los que viven descuidados en la edad temprana, olvidando los consejos de los sabios. El mayor, que era Ka­sín, viéndose en trance de secar­se dentro de su pellejo y morir de inanición, se puso a la búsqueda de una situación lucrativa, y como era avisado y astuto, no tardó en dar con una casamentera o entremetida, ¡alejado sea el maligna! quien, le casó con una adolescente que tenía buena mesa y muy buena plata; en todo y por todo, un excelente par­tido. ¡Alabado sea el Retribuidor! De esta manera, además de una ape­tecible esposa, el joven tuvo una tienda bien abastecida en el centro del mercado. Tal era su destino, marcado en su frente desde su na­cimiento, y así se cumplió. 西班牙语阅读,一千零一夜 西班牙语阅读,一千零一夜


En cuanto al segundo, que era Alí Babá, cómo no era ambicioso, sino más bien modesto, capaz de contentarse con muy poco, se hi­zo leñador y llevó una vida de la­boriosidad y pobreza, pero, a pesar de todo, supo vivir con tanta economía, gracias a las lecciones de la dura experiencia, que ahorró al­gún dinero, y lo empleó en comprar un asno, después otro y más tarde un tercero. Todos los días los lleva­ba al bosque y los cargaba con los troncos y la leña qué antes traía él sobre, sus espaldas. Habiendo llega­do a ser propietario de tres asnos, Alí Babá inspiraba tal confianza a las gentes de su oficio, todos pobres leñadores, que uno de ellos se con­sideró honrado ofreciéndole su hija en matrimonio. Los asnos de Alí Babá fueros inscritos en el contrato, ante el kadí y los testigos, como dote y ajuar de la joven, que, por otra parte, no aportaba a la casa de su esposo absolutamente nada, pues­to que era muy pobre. Mas la po­breza y la riqueza no son eternas; pues sólo Alah es, el eterno viviente. Alí Babá tuvo de su esposa dos hi­jos; bellas como lunas, que glorifi­caban a su Creador. Él vivía modes­ta y honestamente, junto con toda su familia, del producto de la venta de la leña, y no pedía a su creador más que aquella sencilla y feliz tran­quilidad.

Un día en que Alí Babá estaba en el bosque ocupado en abatir a hachazos un árbol, el destino de­cidió modificar el sino del leña­dor. Primero se oyó un ruido sordo que, aunque lejano, se aproximaba rápidamente como un galope acele­rado y estruendoso. Alí Babá, hom­bre pacifico y que detestaba las aventuras y complicaciones, se asus­tó al encontrarse solo con sus tres asnos en medio de aquella soledad. Su prudencia le aconsejó trepar sin tardanza a la copa de un grueso árbol que se elevaba en la cima de un pequeño montículo que domina­ba todo el bosque, y así, oculto en­tre sus ramas, pudo observar qué era lo que producía aquel estruendo. ¡Y bien que lo hizo! Pues divisó una tropa de caballeros, armados hasta los dientes y que, al galope, avanza­ba hacia donde él se encontraba. Al ver sus semblantes sombríos y sus barbas negras, que los hacían seme­jantes a cuervos de presa, no dudó que eran bandoleros, salteadores de caminos de la peor especie. Giran­do estuvieron al pie del montículo rocoso donde Alí Babá estaba escon­didó, a una señal de su gigantesco jefe echaron pie a tierra, desembri­daron sus caballos y, colgando del cuello de cada uno de los animales un saco de forraje que llevaban so­bre la grupa, los ataron a los árbo­les. Después cogieron las alforjas y las cargaron sobre sus propias espal­das, y tan pesadas eran aquéllas, que los bandidos caminaban encorvados bajo su peso. En buen orden pasa­ron bajo Alí Babá, que así pudo fá­cilmente contarlos y ver que eran cuarenta, ni uno más ni uno menos.
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En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la maña­na, y se calló discretamente.

 

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作者:katya 来源:文国网 更新时间:2008年04月21日 05:57
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