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西班牙语阅读《一千零一夜》连载三十七
来源:文国网 时间:2008年04月21日 05:57      [ 词霸划词 已启用]  文章评论我来评论        进入社区

 


PERO CUANDO LLEGÓ LA 852 NOCHE


Ella dijo:


Cargados de esta manera llegaron, ante una gran roca que había al pie del montículo, y se pararon. El jefe, que era el que iba a la cabeza, de­dando un instante en el suelo su pe­sada alforja, se encaró con la roca, y con voz retumbante, dirigiéndose a alguien o algo que permanecía in­visible a todas las miradas, exclamo: “¡Sésamo, ábrete! Al momento la roca se entreabrió, y entonces el jefe se apartó un poco para dejar pasar a sus hombres, y cuando hubieron entrado todos, volvió a cargar su alforja sobre sus espaldas, entrando el último, y exclamando con voz au­toritaria que no admitía réplica: “¡Sésamo, ciérrate!” La roca se em­potró en su sitio tamo si el sortilegio del bandido nunca la hubiese moví­do por medio de la fórmula mági­ca. Al ver todas estas cosas, Alí Ba­bá, maravillado, se dijo: “¡Con tal que no me descubran usando su ciencia de la brujería, me doy por contento!”; y se guardo mucho de hacer el menor movimiento, a pesar de la gran inquietud -que sentía por el paradero de sus asnos, que conti­nuaban abandonados en medio del bosque. Los cuarenta ladrones, des­pues de una prolongada estancia en la cueva en la que Alí Babá los ha­oía visto entrar, dieron señal de su reaparición al oírse un ruido subte­rráneo, parecido a un terremoto le­jano. La roca se abrió, dejando salir a los cuarenta hombres, con su jefe a la cabeza, y llevando las alforjas vacías en la mano. Cada uno de ellos se dirigió a su caballo, lo em­bridó, y, después de colocar las al­forjas en la grupa, montaron sobre las sillas; pero antes de partir, el jefe se volvió hacia la entrada de la ca­verna, y, en voz alta, pronunció la fórmula: “¡Sésamo, ciérrate!”; y las dos mitades de la roca se juntaron sin dejar señal alguna de separación; y con sus semblantes sombríos y sus barbas negras marcharon por el m¡s­mo camino por el que habían veni­do.

En cuanto a Alí Babá, la pruden­cia de que le había dotado Alah hizo que permaneciese algún tiem­po en su escondite, a pesar del de­seo que sentía de ir a recuperar sus asnos, diciéndose: “Estos terribles bandoleros pueden haber olvidado alguna cosa en su cueva, volver de improviso sobre sus pasos y sorpren­derme aquí. En tal supuesto, Alí Babá vería lo que le cuesta a un po­bre diablo como él interponerse en el camino de Poderosos señores.” Ha­biendo reflexionado así, el leñador se contentó con seguir con la mira­da a los terribles caballeros hasta que se perdieron de vista, dejando transcurrir un buen rato después que hubieron desaparecido, hasta que de­cidió bajar de su árbol con mil pre­cauciones, mirando a derecha e iz­quierda a medida que bajaba de una rama a otra más baja, en tanto que el bosque se encontraba en comple­to silencio.
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Una vez en el suelo, avanzó ha­cia la roca en cuestión, reteniendo la respiración y de puntillas. Bien hubiese deseado entonces ir por sus asnos y tranquilizarse respecto a su paradero, pues eran toda su fortu­na y el pan de sus hijos; pero una enorme curiosidad acerca de todo lo que había visto y oído desde lo alto del árbol le empujaba a acercanse a aquella roca, y, por otra parte, estaba escrito que había de ir irremediablemente al encuentro de- aquella aventura. Llegado ante la roca, el leñador la inspeccionó de arriba abajo, y encontrándola lisa y sin ranura alguna por la que pu­diese meter una aguja, se dijo: “¡Sin embargo, es por aquí por donde han entrado los cuarenta ladrones, y con mis propios ojos los he visto desapa­recen en su interior! ¡Quién sabe por qué motivo protegen esta caverna con talismanes de esa clase!” Des­pués pensó: “¡Por Alah! ¡He hecho bien reteniendo la fórmula de aper­tura y cierre! Si ensayo un poco las palabras mágicas, podré ver si ha­cen el mismo efecto saliendo de mi boca!” Olvidando sus antiguos temo­res, empujado por la fuerza del des­tino, Alí Babá, el leñador, se dirigió a la roca, y dijo: “¡Sésamo, ábrete!” Y aun cuando pudo ser que las pa­labras mágicas fuesen pronunciadas con voz insegura, la roca se separó y se abrió. Alí Babá, muy asustado, hubiese querido volver la espalda y poner pies en polvorosa, mas la fuer­za de su destino le inmovilizó ante la abertura y le empujó a mirar. En lugar de ver el interior de una ca­verna tenebrosa, su asombro creció aún más al ver que ante él se abría una gran galería que conducía a una sala espaciosa y abovedada, ex­cavada en la misma roca y que re­cibía abundante luz por medio de aberturas practicadas en lo más alto. No habiendo visto nada que fuese aterrador, se decidió avanzar y pe­netrar en aquel sitio, pronunciando al mismo tiempo la fórmula propi­ciatoria: “¡En el nombre de Alah, el Clemente, el Misericordioso!”, lo que le acabó de reanimar, por lo que, sin demasiados temores, se en­caminó hacia la sala abovedada, y al llegar a ella notó que las dos mitades de la roca e unían sin ruido, cerrando la salida por com­pleto, lo cual no dejó de inquietar­le, pues a pesar de todo, la valentía y el coraje no eran su fuerte; mas pensó que en cualquier caso podría hacer que, gracias a la fórmula má­gica todas las puertas se abriesen an­te él; y con toda tranquilidad se de­dicó a observar cuanto se ofrecía a su mirada. A lo largo de los muros vio pilas de ricas mercaderías, que llegaban hasta la bóveda, formadas por fardos de seda y brocado, sacos repletos de provisiones de boca, grandes cofres llenos hasta los bor­des de monedas y lingotos de plata y otros llenos de dinares de oro. Co­mo si todos aquellos cofres no fue­sen suficientes para contener todas las riquezas allí acumuladas, el sue­lo estaba hasta tal punto cubierto de vasijas llenas de oro y joyas, que el pie no sabía dónde posarse; te­meroso de estropear algún valioso objeto. El leñador, que en su vida había visto el brillo del oro, se ma­ravilló de todo lo que veía. Al con­templar aquellos tesoros y rique­zas. . ., el menos valioso de ellas re­sultaría digno de adornar el palacio de un rey..., pensó que debían de haber pasado siglos desde que esa gruta empezó a servir de depósito, al mismo tiempo que de refugio, a generaciones de bandidos, hijos de bandidos, descendientes de los ban­doleros de Babilonia. Cuando Alí Babá se recuperó en parte de su asombro, se dijo: “¡Por Alah! Alí, he aquí que tu destino toma un as­pecto rosado y te lleva, junto con tus asnos y haces de leña, en medio de un baño de oro que no se ha visto desde los tiempos del rey Solimán y de Iskandar, el de los cuernos. De repente aprendes fórmulas mági­cas, te sirves de sus virtudes y te ha­ces abrir puertas de piedra que dan acceso a cavernas fabulosas. ¡Oh le­ñador insigne! Es una gran merced del Generoso que de esta manera te conviertas en dueño de riquezas acumuladas por generaciones de ban­didos. Todo cuanto ha sucedido ha sido para que de ahora en adelante te pongas a cubierto, junta con tu familia, de necesidades y privaciones, haciendo que el oro del pillaje se use para un buen fin.” Habiendo tran­quilizado su conciencia con este ra­zonamiento, Alí Babá, el pobre, co­gió varios sacos de provisiones, los vació de su contenido y los llenó de dinares y otras monedas de oro, sin hacer caso alguno de la plata y otros objetos de menor precio, y cargán­dolos uno a uno sobre sus espaldas, los llevó hasta la entrada de la caver­na y dejándolos en el suelo, se dirigió a la salida, y dijo: “¡Sésamo, ábre­te!”; y al instante se abrieron los dos batientes de la puerta de roca y Alí Babá corrió a buscar sus asnos y los llevó hasta la entrada de la cueva. Una vez que estuvieron-ante ella, los cargó con los sacos, que tu­vo buen cuidado de ocultar con ha­ces de leña encima, y cuando acabó su trabajo pronunció la fórmula de cierre, y al momento las dos mitades de la roca se unieron. El leña­dor se colocó ante sus asnos carga­dos de oro y los animó a echar a andar con voz mesurada, sin atre­verse a abrumarlos con las maldício­nes e injurias que acostumbraba di­rigirles de ordinario cuando retarda­ban el paso. Sin embargo, esta vez no les aplicó tales calificativos, y sólo porque llevaban sobre sus lo­mos más oro del que había en las arcas del sultán.
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En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la maña­na, y se calló discreta.

 

编辑:katya
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