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西班牙语阅读《一千零一夜》连载三十八
来源:文国网 时间:2008年04月23日 10:31      文章评论我来评论        进入社区

PERO CUANDO LLEGO LA 857 NOCHE


Dijo Schahrazada:


“El derviche-ladrón, exclamó: “¡Benditos sean los pechos que te han alimentado y ojalá puedas enhe­brar la aguja durante mucho tiem­po y calzar, pies honorables, oh jei­que de buen augurio! ¡No deseo na­da, más que seguir tus indicaciones, a fin de que me ayudes a encontrar la casa en la que suceden cosas tan prodigiosas!”

El jeique Mustafá se levantó y el derviche le vendó los ojos, le llevó a la calle de la mano y mar­cho a su lado hasta la misma ca­sa de Alí Babá, ante la cual, Mus­tafá, le dijo: “Ciertamente es ésta; reconozco la casa por el olor que exhala a estiércol de asno y por este pedruzco que ya he pisado en otra ocasión.” El ladrón, muy contento, se apresuró a hacer una señal en la puerta de la casa con un trozo de tiza, antes de quitarle la venda al remendón. Después; mirando con agradecimiento a su compañero, le gratificó con otra pieza de oro y le prometió que le compraría las ba­buchas que necesitase hasta el fin de sus días; acto seguido, se apresuró a tomar el camino der bosque para ir a anunciar a su jefe el descubrí­miento que había hecho, pero como ya se verá, el ladrón no sabía que corría derecho a ver saltar su ca­beza sobre sus hombros.

En efecto, la diligente Morgana salió para ir a comprar provisiones y a su regreso del mercado notó que sobre la puerta había una mar­ca blanca; y examinándola con atención, pensó: “Esta marca no se ha hecho ella sola y la mano que la ha hecho no puede ser sino una mano enemiga, por lo que es pre­cisa, conjurar el maleficio”; y, co­rriendo a buscar un trozo de yeso, hizo una señal exactamente igual en las puertas de todas las casas de la calle; a derecha e izquierda. Cada vez que hacía una marca, dirigiéndose al autor de la primera señal, mentalmente, decía; “¡Los cin­co dedos de mi mano derecha en tu ojo izquiierdó, y los de mi mano izquierda en tu ojo derecho!”; por­que sabía que no hay fórmula más poderosa para conjurar las fuerzas invisibles, evitar los maleficios, y ha­cer caer sobre la cabeza del maldi­ciente las calamidades, ya sufridas o inminentes.

Cuando los malhechores, aleccio­nados por su compañero, entraron de dos en dos en la ciudad y se dirigieron a la casa señalada, se asombraron mucho al ver que to­das las puertas ele las casas de aque­lla calle tenían la misma señal. A una orden de su jefe regresaron a su cueva del bosque y una vez que estuvieron todos reunidos de nuevo, arrastraron hasta el centro del circu­lo que formaban al ladrón que tan mal había tomado sus precauciones y le condenaron a muerte; a conti­nuación y a una señal del jefe, le cortaron la cabeza. Pero como la ne­cesidad de encontrar al autor de to­do aquel asunto era más urgente que nunca, un segundo ladrón se ofreció a ir a investigar; el jefe escuchó la oferta con agrado y el ladrón par­tió de inmediato para la ciudad, don­se se puso en contacto con, el jeique Mustafá y se hizo conducir hasta la casa en la que se presumía fue­ron cosidos los seis trozos, e hizo en uno de los ángulos de la puerta una señal roja y regresó al bosque­

Cuando los ladrones, guiados por su compañero; llegaron a la calle de Ali Babá, encontraron que todas las puertas estaban marcadas con una señal roja, exactamente en el mismo sitio, ya que la sutil Morgana, al igual que la primera vez, había to­mado sus precauciones.

A su retorno a la caverna, la cabe­za del segundo ladrón-guía, siguió la misma suerte que la de su predece­sor, pero aquello no contribuyó a arreglar el asunto y sólo sirvió para disminuir la tropa en dos hombres, los más valerosos. El jefe reflexionó un buen rato acerca de la situación y dijo: “No encargaré este asunto a nadie más que a mí mismo”; y par­tió solo para la ciudad. Una vez en ella, no hizo como los demás, pues cuando Mustafá le hubo indicado la casa de Alí Babá no perdió el tiem­po marcando la puerta con yeso, si­no que observó atentamente su ex­terior para fijarlo en su memoria, ya que desde fuera aquella casa ofre­cía el mismo aspecto que todas las demás; cuando terminó su examen, regresó al bosque y reuniendo, a los treinta y siete ladrones supervivien­tes les dijo: “El autor del daño que hemos sufrido está descubierto, pues­to que conozco su casa. ¡Por Alah, que su castigo será terrtble! Por vuestra parte, daos prisa en traerme aquí treinta y ocho grandes tinajas de barro, de cuello largo y vientre ancho, todas vacías, excepto una que llenaréis de aceite de oliva; además, cuidad de que ninguna esté rajada.”

Los ladrones que estaban habitua­dos a ejecutar sin rechistar las órde­nes de su jefe, marcharon al mercado para comprar as treinta y ocho tinajas, que una vez compradas, car­garon de dos en dos en los caballos y regresaron al bosque. Reunidos de nuevo, el jefe dijo: “¡Despojaos de vuestras ropas y que cada uno se meta en una tinaja llevando única­mente sus armas, su turbante y sus babuchas.” Sin decir palabra, los treinta y siete ladrones saltaron de dos en dos sobre los caballos porta­dores de tinajas y como cada ca­ballo llevaba un par de aquéllas, una a la derecha y otra a la izquierda, cada bandido se dejó caer en una. De esta manera, se encontraron re­plegados sobre ellos mismos, con las rodillas tocando las barbillas, igual que están los pollos en el huevo a los veinte días. Se colocaron llevando en una mano la cimitarra y en otra un hatillo y las babuchas en el fondo de la tinaja. La única que iba llena de aceite iba de pareja con el ladrón que hacía el número treinta y siete.

Cuando los ladrones terminaron de colocarse -en las tinajas lo más cómodamente posible, el jefe se acercó y examinándolas una por una, cerró las bocas de los recípien­tes con fibra de palmera, a ñn de ocultar el contenido y al mismo tiempo, permitir a sus hombres res­pirar libremente. Para que los vian­dantes no pudiesen abrigar duda al­guna del contenido, tomó aceite de la tinaja que estaba llena y frotó con él las paredes externas de las demás tinajas. Entonces, el jefe se disfrazó, de mercader de aceite y conduciendo los caballos portadores der aquella mercancía improvisada se dirigió hacia la ciudad. Alah le pro­tegió y llegó sin contratiempo, por la tarde, ante la casa de Alí Babá, y para que todo se acabase de po­ner a su favor, Alí Babá en persona estaba a la puerta de su casa, sen­tado en el umbral, tomando el fres­co antes de la oración de la tarde.

En este momento, Schahrazada vio que amanecía y, discreta, se calló.

作者:katya
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