Durante todo el invierno se estuvo hablando en el pueblo de aquella solemnidad fúnebre: el «entierro del señor».
-En él se vio lo importante que era -comentaba la gente del pueblo-. Nació en elevada cuna, y fue enterrado con grandes honores.
-¡Qué más da! -dijo el sastre-. Ahora no tiene ni vida ni bienes. A nosotros al menos nos queda una de las dos cosas.
-¡No hables así! -le riñó Maren-. Ahora goza de vida eterna en el cielo.
-¿Cómo lo sabes, Maren? -preguntó el sastre-. Un muerto es buen abono. Pero ése era demasiado noble para servir de algo en la tierra; tiene que reposar en la cripta.
-¡No digas impiedades! -protestó Maren-. Te repito que goza de vida eterna.
-¿Quién te lo ha dicho, Maren? -repitió el sastre.
Maren echó su delantal sobre el pequeño Rasmus; no quería que oyese aquellos desatinos. Se lo llevó llorando, a la choza, y le dij
-Lo que oíste, hijo mío, no fue tu padre quien lo dijo, sino el demonio, que estaría en la habitación e imitó su voz. Reza el Padrenuestro. Lo rezaremos los dos.
Y juntó las manos del niño.
-Ahora vuelvo a estar contenta -dijo-. Confía en ti y en Dios Nuestro Señor.
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Pasado un año, la viuda se puso de medio luto; la alegría había vuelto a su corazón.
Corría el rumor de que tenía un pretendiente y pensaba volver a casarse. Maren sabía algo de ello, y el párroco un poco más aún.
El Domingo de Ramos, después del sermón, habían de leerse las amonestaciones de la viuda y su prometido, el cual era algo así como picapedrero o escultor, no se sabía a ciencia cierta por aquellas fechas; Thorwaldsen y su arte no andaban todavía en todas las bocas. El nuevo propietario no era noble, aunque sí hombre de categoría. Nadie entendía a punto fijo en qué se ocupaba, pero se decía que tallaba estatuas, y era muy experto en su trabajo, además de joven y guapo.
-¡Qué más da! -dijo el sastre Ulze.
El Domingo de Ramos fueron amonestados, luego se cantó un coral y se administró la comunión. El sastre, su mujer y el pequeño Rasmus estaban en la iglesia; los padres comulgaron, pero el pequeño permaneció sentado en el banco, pues aún no había recibido la confirmación. En los últimos tiempos andaban escasos de ropas en casa del sastre; los trajes viejos estaban usadísimos y llenos de remiendos y piezas; pero aquel día los tres llevaban vestidos nuevos, aunque negros, como si asistiesen a un entierro; estaban confeccionados con las telas que habían recubierto el coche fúnebre. Había salido una chaqueta y unos pantalones para el marido, un vestido cerrado hasta el cuello para Maren, y para Rasmus, un traje completo que le serviría para la confirmación cuando llegase la hora; se lo habían hecho holgado, adrede. En toda aquella indumentaria se invirtió la totalidad de la tela que tapizaba el coche, tanto por dentro como por fuera. Nadie tenía por qué saber de dónde procedía aquel paño, y, no obstante, pronto corrió la voz; Stine la curandera y otras comadres de su misma calaña pronosticaron que aquellos vestidos llevarían la peste y la enfermedad a la casa.
-Sólo para bajar a la tumba hay que vestirse con ropas funerarias.
La Juana del zuequero lloraba al oír estos comentarios; y como resultó que desde aquel día fue empeorando la salud del sastre, se echaba de ver a quién le tocaría pronto el turno de llorar.
Y así fue.
El primer domingo después de la Trinidad falleció el sastre Ulze, y Maren quedó sola al cuidado de la casa. Y siguió llevándola y manteniéndola unida, sin perder nunca la confianza en sí misma y en Dios.
Al año siguiente, Rasmus fue confirmado. Había sonado para él la hora de trasladarse a la ciudad como aprendiz en casa de un sastre de renombre, que, si no tenía doce oficiales en su mesa, siquiera tenía uno. El pequeño Rasmus valía por medio, y estaba contento y alegre; pero Juana lloraba, pues lo quería más de lo que ella misma creyera. La mujer del sastre se quedó en la vieja casa, y continuó el negocio de su marido.
Sucedía esto por el tiempo en que se inauguró el nuevo camino real. El antiguo, que pasaba por delante de la vivienda del sastre, quedó como camino vecinal; la vegetación invadió el estanque, que pronto quedó convertido en una charca llena de lentejas de agua. Se volcó la piedra miliar, pues ya no servía de nada, pero el árbol siguió viviendo, robusto y hermoso; el viento silbaba entre sus ramas y hojas.
Se marcharon las golondrinas y se marchó también el estornino, para regresar a la primavera siguiente, y a la cuarta vez volvió también con ellos Rasmus. Había pasado el examen de oficial sastre y era un mozo guapo, aunque delgaducho. Su intención era cargarse la mochila a la espalda y marcharse a ver mundo, pero su madre deseaba retenerlo consigo. En ningún sitio se está tan bien como en casa. Los demás hijos se habían desperdigado todos, él era el más joven y debía quedarse con su madre. Trabajo no iba a faltarle, ni mucho menos; podría recorrer la comarca como sastre ambulante, trabajando quince días en un lugar y otros quince en otro. También esto sería viajar. Y Rasmus siguió el consejo de su madre.
Volvió, pues, a dormir bajo el techo de su casa natal, y, sentado al pie del viejo sauce, volvió a oír el rumor del viento soplando entre sus ramas.
Era un mozo de buena presencia, sabía cantar como un pájaro, cantar viejas y nuevas canciones. En las grandes fincas era recibido con simpatía, especialmente en casa de Klaus Hansen, el segundo entre los labradores ricos de la parroquia.
Su hija Elsa era como una bellísima flor, siempre risueña. Algunas personas mal intencionadas aseguraban que reía sólo para exhibir sus preciosos dientes, pero la verdad es que era alegre por naturaleza y aficionada a travesuras; pero todo le estaba bien. 西班牙语童话阅读
Se prendó de Rasmus, y él de ella, pero los dos se lo guardaron. Así fue cómo el muchacho se volvió melancólico; tenía más del temperamento de su padre que del de su madre. Su buen humor se despertaba solamente cuando llegaba Elsa; entonces los dos se reían, bromeaban y hacían travesuras; pero, aunque no le faltaron buenas oportunidades, nunca le dijo una palabra de su pasión. «¡Qué más da! -pensaba-. Sus padres quieren casarla bien, y yo no tengo nada. Lo más acertado sería marcharme de aquí». Pero no podía alejarse de la finca; le parecía que un hilo lo atase a ella; para la muchacha era como un pájaro amaestrado, que cantaba y trinaba al gusto de ella.
Juana, la hija del zuequero, estaba empleada como sirvienta en la propiedad, donde tenía que hacer los trabajos más humildes; iba al prado con el carro de la leche a ordeñar las vacas junto con otras criadas, y cuando era preciso acarreaba también estiércol. Nunca entraba en las habitaciones principales, y apenas veía a Rasmus y a Elsa, pero oía que eran casi prometidos.
-Rasmus será rico -decía-. Me alegro por él -. Y sus ojos se humedecían, lo cual cuadraba muy mal con sus palabras.
Un día de mercado, Klaus Hansen se trasladó a la ciudad, acompañado de Rasmus, que, tanto a la ida como a la vuelta, viajó al lado de Elsa. Estaba loco de amor, pero no lo dio a entender en nada.
«¡Sería hora de que hablara! -pensaba la muchacha, y hay que convenir en que tenía razón-. Si no se decide, tendré que sacudírmelo».
Y pronto se habló en la casa de que el campesino más rico de la parroquia se había declarado a Elsa. Así era, en efecto, pero todo el mundo ignoraba la respuesta de la joven.
Los pensamientos daban vueltas en la cabeza de Rasmus.
Un atardecer, Elsa le puso un anillo de oro en el dedo y le preguntó qué significaba aquello.
-Noviazgo -dijo él.
-¿Y con quién crees tú? -preguntó ella.
-¿Con el rico labrador? -aventuró él.
-¡Acertaste! -exclamó Elsa, y, saludándolo con un gesto de la cabeza, se marchó.
También se marchó él, y volvió a casa de su madre fuera de sí. Se ató la mochila y se dispuso a lanzarse al mundo, a pesar de las lágrimas de la vieja.
Cortó un bastón del viejo sauce, cantando como si estuviese de buen humor porque se marchaba a ver las maravillas del ancho mundo.
-¡Qué pena para mí! -suspiró la mujer-. Pero es lo mejor y más acertado que puedes hacer, y debo resignarme. Confía en Dios y en ti, que yo espero volverte a ver alegre y contento.
Avanzaba por la nueva carretera cuando vio a Juana, que pasaba guiando un carro lleno de estiércol. Ella no se había dado cuenta de su presencia, y él prefería que no lo viese; por eso se ocultó detrás de un vallado, y Juana pasó a poquísima distancia.
Se marchó a correr mundo, nadie supo adónde. Su madre pensaba que regresaría antes de fin de año.
Verá cosas nuevas, tendrá nuevos pensamientos; es como los viejos pliegues que no pueden alisarse con la plancha. Tiene demasiado de su padre; mejor quisiera que se pareciera a mí, ¡pobre hijo mío! Pero volverá seguramente; ¡no es posible que renuncie a su madre y a su casa!
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