La mujer estaba dispuesta a esperar largo tiempo. Elsa esperó sólo un mes; luego se fue a encontrar secretamente a la curandera Stine, entendida en el arte de «curar», echar las cartas y decir la buenaventura; sí, sabía más que Friján. En consecuencia, conocía también el paradero de Rasmus; lo leyó en los posos del café. Se encontraba en una ciudad extranjera, pero no pudo descifrar su nombre. Había en aquella ciudad soldados y mujeres alegres. Estaba vacilando entre tomar el mosquete o una de aquellas mozas.
Elsa no podía soportar esas noticias. Gustosa daría el dinero que tenía ahorrado para redimirlo, a condición de que nadie supiera que era cosa suya.
Y la vieja Stine prometió hacer volver al muchacho; conocía un medio, peligroso para la persona interesada, pero infalible. Haría cocer en una olla una mezcla que lo forzaría a marcharse del lugar donde estuviese, fuera el que fuera, y regresar junto a la olla y al lado de su amada. Era posible que tardara meses, pero al fin acudiría, a menos que hubiese muerto.
Debía seguir sin paz ni reposo, día y noche, a través de mares y de montañas, con buen o mal tiempo, y por mucha que fuese su fatiga. Tenía que regresar a su tierra, era forzoso.
La luna estaba en su primer cuadrante, el mejor momento para el hechizo, dijo la vieja Stine. El tiempo era borrascoso, crujía el viejo sauce. Stine cortó una rama e hizo un nudo dentro; aquello contribuiría a atraer a Rasmus al hogar de su madre. Cogió musgo y siempreviva del tejado y los metió en la olla, que había puesto ya al fuego. Elsa tenía que arrancar una hoja del libro de cánticos y casualmente arrancó la última, la que contenía la fe de erratas.
-Lo mismo da -dijo la bruja, echándola al puchero.
Muchas cosas hubieron de ir a parar a aquel caldo, que debía cocer sin interrupción hasta la vuelta de Rasmus. El gallo negro de la casa de la vieja Stine tuvo que sacrificar la roja cresta, que fue también a la olla. También fue a ella la gruesa sortija de oro de Elsa, y Stine le había advertido de antemano que desaparecería para siempre. Desde luego era lista la vieja. Asimismo fueron a parar al puchero otras muchas cosas que no sabríamos enumerar. Y venga hervir, sobre el fuego vivo o sobre cenizas ardientes. Sólo ella y Elsa lo sabían.
Pasó la luna nueva, y pasó el cuarto menguante; todos los días se presentaba Elsa:
-¿Aún no lo ves venir?
-¡Sé muchas cosas! -decía Stine - y veo otras muchas. Lo que no puedo ver es si es muy largo el camino. Ya ha traspuesto las primeras montañas, ha cruzado el mar tempestuoso. El camino a través de los grandes bosques es largo. El mozo tiene ampollas en los pies y fiebre en el cuerpo, pero ha de seguir sin remedio.
-¡No, no! -dijo Elsa-. ¡Me da lástima!
-Ahora ya no puede detenerse. Si lo obligásemos a hacerlo, caería muerto en medio de la carretera.
Había transcurrido mucho tiempo. Brillaba la luna llena, el viento silbaba entre las ramas del viejo sauce, y en el cielo, iluminado por la luna se dibujaba un arco iris.
-¡Ésta es la señal! -dijo Stine-. Ahora llega Rasmus.
Pero no llegó.
-¡Larga es la espera! -dijo Stine.
-Ya estoy cansada -respondió Elsa, y sus visitas a la bruja empezaron a escasear, aparte que no le llevó más regalos.
Se serenó su espíritu, y una mañana toda la parroquia supo que Elsa había dado el sí al rico labrador.
Vio la casa y los campos, el ganado y el ajuar. Todo estaba en buenas condiciones; no había ningún motivo que aconsejase retrasar la boda.
Los grandes festejos duraron tres días, y se bailó al son de clarinetes y violines. Todos los habitantes de la parroquia fueron invitados, y también asistió la vieja Ulze, quien, terminada ya la fiesta, y después que los anfitriones se hubieron despedido de sus huéspedes y las trompetas hubieron cerrado la solemnidad, se marchó a su casa con los restos del banquete.
Había cerrado la puerta solamente con un palo. La encontró abierta a su regreso y en la casa estaba Rasmus. Acababa de llegar. ¡Santo Dios! No era sino piel y huesos, estaba pálido y demacrado.
-¡Rasmus! -exclamó su madre-. ¿Es posible que seas tú? ¡Qué enfermo pareces! Pero me alegra el tenerte aquí de nuevo.
Y le sirvió una buena comida, con las viandas que traía de la boda: asado y un pedazo de torta.
En el curso de los últimos tiempos, dijo el mozo, había pensado con gran frecuencia en su madre, en la casa y en el viejo sauce. Parecía extraño las veces que en sueños había visto el árbol y a Juana, descalza.
No mencionó a Elsa. Estaba enfermo y tuvo que acostarse; pero nosotros no creemos que fuera por culpa de la olla ni que ésta hubiera ejercido influencia alguna sobre él. Sólo la vieja Stine y Elsa lo creyeron, pero nunca hablaron de ello.
Rasmus yacía enfermo de fiebre contagiosa; por eso nadie iba a la casa del sastre, excepto Juana, la hija del zuequero, la cual rompió a llorar al ver lo acabado que estaba el joven.
El doctor le recetó algo de la farmacia, pero él se negó a tomar los medicamentos.
-¡Qué más da! -dijo.
-Tómalo y te curarás -le insistió su madre-. Confía en Dios y en ti mismo. Gustosa daría mi vida por verte otra vez con carnes en el cuerpo, cantando y silbando como antes.
Rasmus salió de su enfermedad, pero su madre se contagió, y Dios la llamó a su seno en vez de a él.
La casa quedó solitaria, solitaria y mísera.
-¡Está agotado - decían en la parroquia-. ¡Pobre Rasmus!
En el curso de sus viajes había llevado una vida desordenada. Aquello, y no la negra olla, fue lo que consumió su salud y puso la inquietud en su alma. El cabello se le aclaró y volvió gris; no hacía nada a derechas:
-¡Qué más da! -decía. Iba más a la taberna que a la iglesia.
Un anochecer de otoño se dirigía penosamente a su casa, bajo la lluvia y el viento, por el fangoso camino que conducía a la taberna. Hacía ya mucho tiempo que su madre reposaba en la sepultura. También se habían marchado las golondrinas, los estorninos y los fieles pájaros; pero Juana, la hija del zuequero, no se había ido. Fue a su encuentro y lo acompañó un trecho.
-¡Haz un esfuerzo, Rasmus!
-¡Qué más da! -respondió él.
-¡No debes decir eso! -le riñó Juana-. Acuérdate de las palabras de tu madre: «Confía en Dios y en ti». No lo haces, Rasmus, y tendrías que hacerlo. Nunca digas: «¡Qué más da!»; así no harás nunca nada.
No lo dejó hasta la puerta de su casa; pero él, en vez de entrar, se dirigió al viejo sauce, sentándose en el hito derribado.
El viento silbaba entre las ramas del árbol; era como una canción, como un discurso. Rasmus respondió hablando en voz alta, pero nadie lo oyó, aparte el árbol y el viento.
-¡Qué frío! Es hora de acostarme. ¡Dormir, dormir!
Y se fue, mas no a su casa, sino al estanque, donde cayó desfallecido. Llovía a torrentes, y el viento era helado, pero él no se daba cuenta. Cuando salió el sol, y las cornejas reanudaron su vuelo sobre el cañaveral, Rasmus despertó, medio muerto. Si se hubiese caído con la cabeza donde le quedaron los pies, no se habría vuelto a levantar; la lenteja de agua habría sido su mortaja.
Al hacerse de día, Juana volvió a casa del sastre; ella fue su amparo, lo llevó al hospital.
-Nos conocimos de niños -le dijo-. Tu madre me dio muchas veces de comer y de beber, y nunca se lo agradeceré bastante. Tú recobrarás la salud, volverás a ser un hombre y a vivir.
Y Dios dispuso que siguiera viviendo, pero la salud y las facultades se habían perdido para siempre.
Volvieron las golondrinas, reanudaron sus vuelos y se marcharon de nuevo una y otra vez. Rasmus envejeció antes de tiempo. Vivía solo en su casa, que iba decayendo visiblemente. Era pobre, más aún que Juana.
-No tienes fe -le decía ella-. Si no fuese por Dios, ¡qué nos quedaría! Tendrías que ir a tomar la comunión. Seguramente no has vuelto desde que te confirmaron.
-¡Bah! ¡Qué más da! -replicó él.
-Si dices lo que piensas, déjalo. El Señor no quiere a su mesa invitados forzados. Pero piensa en tu madre y en tu niñez. Eras un muchacho bueno y piadoso. ¿Quieres que te cante una canción de infancia?
-¡Qué más da! -replicó él.
-A mí siempre me consuela -dijo ella.
-Juana, eres una santa.
Y la miró con ojos cansados y apagados.
Juana cantó la canción, pero no leyéndola de un libro, pues no tenía ninguno, sino de memoria.
-¡Qué palabras más hermosas! -dijo él-. Pero no he podido seguirlas bien. ¡Tengo la cabeza tan pesada!
Rasmus era ya viejo, y Elsa no era joven tampoco. Nosotros mencionamos su nombre, aunque Rasmus no lo hacía nunca. Era ya abuela y tenía una nieta muy traviesa. La chiquilla jugaba con los otros niños del pueblo, y Rasmus se acercaba al grupo, apoyado en su bastón, y se quedaba parado mirándolos sonriente, como si su imaginación evocara tiempos pretéritos. La nietecita de Elsa gritaba, señalándol
-¡Pobre Rasmus!
Y las demás niñas seguían su ejemplo.
-¡Pobre Rasmus! -repetían, y todas se ponían a perseguir al viejo con gran griterío.
Fue un día gris y agobiante, al que siguieron otros muchos; pero después de los días agobiantes y grises, viene, al fin, uno de sol.
Una magnífica mañana de Pentecostés, la iglesia apareció adornada con verdes ramas de abedul, que impregnaban el aire con los aromas del bosque, mientras el sol brillaba sobre los bancos. Los grandes candelabros del altar estaban encendidos; se administraba la comunión, y Juana figuraba entre los fieles arrodillados, pero Rasmus no se hallaba presente. Aquella misma mañana, Dios lo había llamado a Sí.
Dios es la gracia y la misericordia.
Han transcurrido muchos años desde aquella mañana. La casa del sastre sigue en pie, pero nadie la habita; la noche menos pensada, una tormenta la hundirá. El estanque está invadido de cañas y juncos. El viento silba aún en el viejo árbol; se diría que se oye una canción: el viento la canta, el árbol la recita; si no la comprendes, ve a preguntárselo a la vieja Juana, la del asilo.
En el asilo vive, y canta su canción piadosa, aquella misma que cantó a Rasmus. Ella piensa en él y reza por él a Dios Nuestro Señor. Podría contar muchas cosas del tiempo pasado, recuerdos que murmuran en el viejo árbol.
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