El puente de la identidad 原文阅读
En un lugar del Amazonas hubo, hace mucho tiempo, una aldea tan apartada y pequeña que nadie sabía que existía. Estaba situada cerca de un barranco muy profundo y ancho a orillas del río Parguaza, y para poder rodearlo había que caminar durante semanas dentro de la selva. Allí, los habitantes no conocían mucho el mundo exterior, tampoco habían tenido el valor de entrar en lo profundo de la selva.
Estaban tan aislados que no sabían lo que era tener un nombre. Todos se conocían y no necesitaban llamarse de alguna manera entre sí, de forma que a un varón se le decía niño u hombre, y a una hembra se le decía niña o mujer.
En la aldea, habían un hombre y una mujer que tenían dos hijos: un niño y una niña de 10 y 11 años cada uno, los cuales estaban preocupados porque su mamá estaba gravemente enferma y empeoraba cada vez. El chamán de la aldea había hecho de todo para curarla, pero no había logrado hacerlo. Nadie había podido hacer algo.
Ahora bien, los hermanos siempre soñaron con salir de la aldea a buscar la cura para su madre y le propusieron a su papá:
— Papá, por favor, vamos a pedirle al cacique que nos permita salir de la aldea y buscar la cura para mamá.
— ¿Salir de la aldea? –preguntó asombrado el padre
— ¡Eso es una locura!
— Es la única forma de buscar una cura para mamá –dijo el niño.
El hombre suspiró y se dio cuenta de que sus hijos tenían razón. Pero cuando consultó al cacique, éste se negó por completo.
—Yo me preocupo mucho por mi pueblo y no voy a mandar a nadie a la selva. Es muy peligrosa –dijo furioso.
El hombre regresó muy triste a su casa y contó lo ocurrido a sus hijos. Sin embargo, los niños no se convencieron y decidieron escaparse para buscar una cura fuera de la aldea. Prepararon lo necesario durante la noche: llenaron un cesto con suficiente comida y agua y salieron en la penumbra de la noche.
Caminaron rápido porque, aunque se aventuraron, la selva les causaba temor. Luego, después de tanto caminar, oyeron los aullidos de dolor de un brillante cunaguaro (es el tigre de la amazonia venezolana, amarillo con manchas negras en lugar de rayas). El niño intentó escapar, pero su hermana lo detuvo.
—Espera –miró al cunaguaro– el pobrecito está herido.
En efecto, el cunaguaro tenía una gran astilla de madera en una pata. El niño se envalentonó y como pudo sacó la astilla de la pata. El animal agradecido le regaló un extraño cuerno que al soplar sonaba como un rugido. El cunaguaro sonriente, se alejó y los niños se apresuraron para recuperar el tiempo perdido.
Más adelante tropezaron con una guacamaya de plumas coloridas que lloraba intensamente, porque se le había caído un polluelo. La niña encontró al pichón en unos matorrales y, ayudada por su hermano, lo llevó de nuevo al nido. La guacamaya, en retribución, le dejó una pluma que la pequeña colocó en su cabellera.
Volvieron a caminar durante horas hasta que llegaron a una gran ceiba con ramas inmensas y coposas. Estaban tan cansados que sin darse cuenta se quedaron dormidos. Despertaron cuando ya era de día y se percataron que estaban perdidos.
—¿Ahora qué hacemos? –preguntó la niña con ojos llorosos
– Mamá enfermará más y papá se quedará triste si no regresamos a casa.
El niño no dijo nada, tomó de la mano a su hermana y comenzó a caminar. La niña se repuso y siguió a su hermano. Luego de caminar por horas encontraron un poblado como no lo habían visto nunca. Había grandes chozas, y también impresionantes construcciones de piedra. Enseguida buscaron a alguien que les pudiera decir dónde estaban.
Encontraron una gran calle con un enorme mercado y, aunque el lugar estaba lleno de gente nadie parecía verlos, sin importar que hablaran o gritaran.
—¿Qué sucede que nadie nos hace caso? –dijo el niño.
— Parecemos invisibles –dijo la niña.
El niño se fijó en otro pequeño con la cara pintada que se aproximaba hacia él y le pareció que éste le miraba.
—¡Parece que él me ve!
—¡A mí también! –dijo la niña.
Se acercaron a aquel pequeño y se atrevieron a hablarle.
—¡Oye, tú! ¿Puedes vernos?
—¡Qué pregunta!, claro que los veo. La niña le comentó:
—Aquí nadie parece vernos…
Esto confundió al niño de la cara pintada, pero luego les preguntó:
—¿Cuáles son sus nombres?
—¿Nombres? ¿qué es eso? –dijeron los niños a la vez.
—Deben tener un nombre, ¿no? –insistió el pequeño de la cara pintada y les dijo
—Yo me llamo Ahuarí (que significa zorro).
—El es niño y yo soy niña –respondió la pequeña.
El chico de la cara pintada se rió a carcajadas y dijo:
—¡Esos no son nombres!, ¿cómo pueden ustedes no tenerlos?
No respondieron, porque no sabían qué decir…
Ahuarí no supo explicar lo que pasaba y, al notar que la gente no los veía, decidió llevarlos ante el gran sabio de la aldea, un maestro anciano, quien seguramente sabría explicarles lo que estaba pasando.
Llegaron a un templo en el que estaba el anciano sentado en una gran silla de piedra. Una vez ante el gran sabio, Ahuarí y los niños contaron la experiencia que habían vivido en el mercado.
Con sólo verlos, el anciano supo cuál era el problema y les explicó:
—Nadie en esta aldea puede verlos porque ustedes no tienen un nombre. Fue una suerte que se consiguieran con Ahuarí. Es el único que puede verlos porque es mi mejor aprendiz.
Los hermanos se extrañaron muchísimo y le preguntaron al anciano:
—Maestro, ¿qué es un nombre?
—Un nombre es aquello que te identifica y que te diferencia de los demás. Su pueblo es tan pequeño y todos se conocen tan bien que nunca necesitaron llamarse de alguna manera entre sí. Pero fuera de la aldea y entre gente nueva, necesitas diferenciarte lo suficiente para que la gente pueda verles y conocerles…
—¿Y cómo conseguimos un nombre, maestro?
—Eso es lo más fácil del mundo. Cada uno tiene que escoger una palabra con la que quieran que lo conozcan –señaló el sabio.
Los niños recordaron los regalos que recibieron y señalaron así la forma en que querían ser llamados. El niño pidió al maestro que le permitiera llamarse Yähuí que significa en lengua piaroa “cunaguaro”,
mientras que la niña escogió el nombre Reré que significa “pluma colorada”.
El anciano maestro sólo dijo:
—Así serán llamados.
Y empezaron a sentirse diferentes, tanto que al salir a la calle la gente los podía ver y se maravillaban de la pluma en la cabellera de Reré y del cuerno que dio el cunaguaro a Yähuí.
Al día siguiente emprendieron el viaje a casa, pero no regresaron solos, sino en compañía del gran maestro que les había dado nombre y su nuevo amigo Ahuarí.
Luego de algunos días se encontraron al pie del barranco frente a la aldea de Reré y Yähuí. El sabio maestro entendió, entonces, la necesidad de construir un puente para integrar a aquella gente al mundo exterior.
Fue un tanto difícil cruzar aquel obstáculo y los visitantes no lograban entender cómo habían cruzado los niños para salir de aquel lugar. Fue en ese momento que el sabio maestro dijo:
— Por eso hace falta construir un puente. Uno que les permita salir al mundo exterior y conocer cosas nuevas.
— ¿Como tener un nombre? –preguntó Reré.
— ¡Exactamente! –expresó el sabio.
Finalmente llegaron a la aldea y fueron recibidos con mucha algarabía.
Todos estaban preocupados por los niños y en especial sus padres quienes temían que en la selva les hubiese pasado lo peor. Se maravillaron que fuera de su mundo hubiese gente como ellos, aunque de aspecto diferente y de comportamiento más avanzado
El cacique, sin embargo, vio con recelo la llegada de esa gente extraña. El sabio le estrechó la mano y le habló de las maravillas que había fuera de la pequeña comunidad.
—¡Pues no entiendo eso de tener nombre! –dijo el líder. ¿Cómo nos puede beneficiar tener uno? ¡Temo que eso que llaman “identidad” nos haga daño!
—Amigo, tu pueblo será más próspero. Será visto y conocido fuera de sus límites y cada hombre, mujer, niño y niña tendrá un nombre propio con el que serán recordados por siempre.
— ¿Acaso eres tú capaz de ayudarnos a tener un nombre? –preguntó maravillado el cacique.
— Amigo, precisamente a eso he venido, a darles un nombre a todos… y a curar a la madre de Reré y Yähuí.
Y el sabio se dedicó a darles nombre a los aldeanos. Y los tomó de cualquier objeto de la naturaleza que les rodeaba, según los gustos de cada uno. Algunas se llamaron agua, cielo, aire o flor, mientras que los hombres preferían nombres más recios como rayo, flecha o águila.
Después de esto, todos se sentían diferentes y emocionados, se llamaban entre sí, reían y se sentían nada monótonos, pues ya no tendrían que decirse “hombre”, “mujer”, “niña” o “niño”…
Lo que aún no sabían era que una vez que construyeran el puente del que habló el sabio podrían salir más fácil de la aldea y no tendrían que sufrir la invisibilidad que experimentaron Reré y Yähuí
En honor a estos valientes niños, se fabricó finalmente el Puente de la Identidad y desde entonces nada fue más importante para los aldeanos que darle un nombre a cada niño o niña recién nacidos, para lo cual hacían una ceremonia solemne a la entrada de la estructura.
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